martes, 27 de diciembre de 2011

La flor de Coleridge

¿Y si durmieras?
¿y si en sueños, soñaras?
¿y si en el sueño fueras al cielo,
y allí cogieras una extraña y hermosa flor?
y si, al despertar...
tuvieras esa flor en la mano?

Samuel Taylor Coleridge (1772-1834)


“Dijo Tennyson que si pudiéramos comprender una sola flor sabríamos quiénes somos y qué es el mundo.”




...la joven flor platónica,
la ardiente y ciega rosa que no canto,
la rosa inalcanzable.






Verás un monasterio cuando se despedaza
y verás dos mil años en sólo unos momentos,
o en un tiempo tan largo que la historia del mundo
no llena su interior.
(Allí dejamos sólo
un corazón abierto.
El árbol aún hablaba
cuando ya no era nada
en el campo monótono.)
Schoenberg está loco en el jardín de mi casa interior
Los jacintos aún florecen en la noche del África.


Juan Eduardo Cirlot




Perquè has vingut han florit els lilàs 
i han dit llur joia 
  envejosa 
   a les roses: 
mireu la noia que us guanya l'esclat, 
bella i pubilla, i és bruna de rostre. 

Joan Salvat Papasseit




Lirios, pensad
que se halla de viaje
el que os mira.  

Yamazaki SÔKAN
(1458-1542)




¿Una flor caída
volviendo a la rama?
Era una mariposa.  

Matsuo BASHÔ
(1644-1694)









La fuerza que por el verde tallo impulsa a la flor
impulsa mis verdes años; la que marchita la raíz del árbol
es la que me destruye.
Y yo estoy mudo para decirle a la encorvada rosa
que la misma fiebre invernal dobla mi juventud.

Dylan Thomas

...en una alcoba tibia como en un invernadero,
donde el aire es peligroso y fatal,
dónde lánguidas flores en sus ataúdes de cristal
exhalan su suspiro postrero...

Baudelaire








"Rosa, oh contradicció pura, voluptat, de no ser somni de ningú enmig de tantes parpelles."

Rilke







VÉRTIGOS O CONTEMPLACIÓN DE ALGO QUE TERMINA
Esta lila se deshoja. Desde sí misma cae y oculta su antigua sombra.
He de morir de cosas así

Alejandra Pizarnik

domingo, 18 de diciembre de 2011

Shecharchoret


Significa Morenica. Es una antigua canción sefardí. Yo la oía en mi casa cantada en castellano y mi abuela me regaló el disco cuando cumplí 15 años, que venía con otras canciones del mismo estilo e igualmente populares. Recuerdo que el LP se llamaba como una de esas canciones: "Aixerico de quince años" (en castellano sefardí sería algo así como traviesa, o lista, de quince años). La cultura sefardita es una parte importantísima de la española, pero desconocida en su lugar de origen -Sefarad, España-, y es una verdadera lástima porque recorre el mundo entero y hay millones de versiones de estos temas.






En hebreo, Shecharchoret, cantada por la preciosa Ofra Haza.

 

La internacional Esther Ofarim

 

La joven Mor Karbasi

Miniatura
 




Yasmin Levy https://www.youtube.com/watch?v=lnYan4E3FTM. El flamenco en Israel es tan activo como en España. Incluso más que en Japón.


Estas melodías y letras son tan famosas como el Hava nagila. También era mi abuela quien se sentaba al piano y lo "aporreaba",  no porque lo tocara mal,  sino por una energía mundial que le entraba, y todos nos poníamos a cantar con frenesí. La cantaron miles de voces conocidas: Bob Dylan, Leonard Cohen, Frank Sinatra y creo que hasta Shrek.


 Os dejo una de Dalida https://www.youtube.com/watch?v=YBj2PZ1IeIc

jueves, 15 de diciembre de 2011

Alonso Quijano Bartleby







Para mi sola nació Don Quijote, y yo para él, él supo obrar y yo escribir, solos los dos somos para en uno”
La pluma

En estos tiempos en que la literatura ha encontrado tantas comodidades en servir al entretenimiento y la evasión, una relectura contemporánea del Quijote, novela de aventuras con todos los ingredientes de amenidad, humor, variedad e intriga, puede suscitar aún enigmas cruciales: me refiero a esa relación compleja, insatisfecha, de la literatura con la vida, de la obra y la vida, el hacer y el escribir.
Don Quijote es un hombre de acción, dispuesto a vivir lo que sólo andaba en libros e imaginaciones. Un maximalista de los principios que lo cautivaron, rebelde frente a su inutilidad e inercia, tanto más cuanto en su tiempo ya no gozaban del mismo fundamento: quiero decir, una especie de romántico que se lamenta del honor perdido y presta a esta causa su cuerpo vivo y su razón:

Tuvo a todo el mundo en poco;
fue el espantajo y el coco
del mundo, en tal coyuntura,
que acreditó su ventura
morir cuerdo y vivir loco

Imaginemos que la obra y la vida mantienen siempre ese pulso; no es otro que el de la vida y la muerte, cuyos grados de imbricación con la realidad y la acción se mueven en una serie osmótica. De un polo a su contrario, desplegando todas las gradaciones, en el extremo opuesto al Quijote está Bartleby, el escribiente, la renuncia a ambas instancias: las Cartas Muertas, el no va más de la negación de lo escrito y de lo vivido.
Pero ¿acaso son tan distintos?
En absoluto:
A veces, el pálido funcionario saca de las dobleces del papel un anillo –el dedo al que iba destinado, tal vez ya se corrompe en la tumba-; un billete de Banco remitido en urgente caridad a quien ya no come, ni puede ya sentir hambre, perdón para quienes murieron desesperados; esperanza para los que sin esperanza murieron…
¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!

Esta humanidad pálida (como Quijote, como Bartleby) que se retrata de modos contrapuestos formula el continuum que la vida a secas no puede proporcionar: es la literatura la que se vive en el plano completo, más allá de sus servidumbres a la realidad, prefigura y concluye, recorre y significa, mezcla en una composición cada vez única a vivos y muertos, flores y cadáveres, cuyo olor se invoca simultáneamente no siendo más que pura letra.
Dice Borges que Bartleby es el antecedente de Kafka, y añade:
Su desconcertante protagonista, es un hombre oscuro que se niega tenazmente a la acción. El autor no lo explica, pero nuestra imaginación lo acepta inmediatamente y no sin mucha lástima. En realidad son dos los protagonistas: el obstinado Bartleby y el narrador que se resigna a su obstinación y acaba por encariñarse con él.
La hiperactividad de Quijote y la vida animada de su pluma, la inacción de Bartleby y el protagonismo de su narrador, son los vértices del enigma literario que nos sobrevive. Por eso no hay contradicción verdadera en el hecho de que el Quijote acabe prefiriendo colgar la pluma y condenando a todo aquel que la resucite: sabemos que ocurrirá todo lo contrario, y que detrás de esa condena hay una futura incitación.
Cervantes inauguró la novela moderna, Melville la reinauguró. Y en eso estamos: siempre al principio. La muerte escrita tiene sus propias leyes.

Déborah Puig-Pey
Publicado en la revista Imaginando, hoy desaparecida.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Agradecimiento a Max Aub. 2005






Cuando me llamaron de esta fundación el sábado 16 de Abril para notificarme los resultados del certamen de cuentos, mi primera reacción fue absolutamente emocional: de franca alegría por razones obvias; porque no queda uno finalista de un premio internacional todos los días, porque, en cierto modo, era el fruto de un trabajo hecho vocacionalmente, porque es una oportunidad para conocerles y conocer a otros narradores, cosas que ya de antemano merecen mi agradecimiento definitivo.
Pero luego, ya más serena, mi mente, que es un tanto obsesiva, se puso a trabajar de otra manera: me iba fijando en las afinidades o circunstancias significativas que de un modo no premeditado me acercaban al certamen. En fin, que salvando las distancias de que él fue un gran escritor y yo todavía no, pensé en la relación entre Max Aub y mi cuento y no pude soslayar lo que para mí les une de una forma clara: el exilio.
Max Aub fue varias veces y de muchas maneras un exiliado y el exilio es la situación traumática por excelencia en el ser humano, junto con el nacimiento y la muerte, que son formas extremas de exilio, al menos en nuestra imaginación. Es evidente que la obra de Aub está marcada por esa situación y ahonda de muchos modos su vivencia, y también su injusticia, por el hecho de tratarse de exilios forzosos provocados por la guerra o la persecución. Por decirlo de alguna manera, escribir –y en especial escribir cuentos- es una forma de redimir esos sentimientos, restituyéndoles una cierta comunidad con algo que no se refiere sólo a la distancia física o la permanencia en un lugar extraño, sino a lo que tiene de esencial a todo ser humano: no tenemos nada, no venimos de ninguna parte, nuestras herramientas son la voz y la palabra, de ahí que pueda amarse algo tan poco físico como un idioma o una cultura y usarlo para siempre como testimonio de identidad. Eso lo hizo Max Aub. Y está presente de una manera particular e íntima en la trama de Mordechai, la narración que presenté a concurso.
El sábado que me llamasteis, releí en mi casa un cuento de Aub: Trampa. Un magnífico relato corto que parecía corroborar algunas de las cosas que yo andaba pensando: un hombre anda por un pasillo, ve una puerta entreabierta y entra. Después no puede salir más, está sólo, se maldice por haber entrado sin pensar y por lo irreversible de haber entrado. Dice:

Hay que suponer que me buscarán. La salvación vendrá de afuera. Es vergonzoso, pero sin remedio. Entonces ¿hay que esperar sentado en el suelo? ¿Y si me olvidan? Las sabandijas que están encovadas en la pared.
¿Y de dónde viene la luz, si no hay resquicio que le deje paso?
Lo espantoso era que había perdido la voz.

Entonces, este fragmento me ayuda a formular un agradecimiento más maduro, el que viene después de la llamada telefónica y se quedará ya siempre: gracias por “venir de afuera”, por “dejar pasar la luz”, por permitir y premiar la voz, las voces.

 


miércoles, 16 de noviembre de 2011

He notat que passaves


He notat que passaves
per un ball sísmic del cor.
He mirat si miraves,
al punt més mort del món.

M'he donat per vençuda
i he tornat a guanyar:
un signe fonedís m'ha cridat
novament
a l'altra banda de mi.














viernes, 28 de octubre de 2011

Doctor Who I Presume?






Es curioso, no suelo ver la televisión, no suelo ir al médico, dos hechos aparentemente independientes entre sí. Sin embargo, alguna vez me ha seducido eso que llaman "serie" y que de todo lo televisivo es lo que menos querría seguir, a menos que mi vida y el horario de programación o los biorritmos del broadcasting se pusieran de acuerdo. Tres son las veces, Doctor en Alaska, Doctor House y Doctor Who.
No creo que esta misteriosa tríada de doctores infiltrada en mi televisor se deba a que no terminé mi tesis (aunque fue quizá en la época de Doctor en Alaska cuando empecé a sospechar que prefería no hacerla -Bartleby dixit-)  porque, como es de esperar en una serie lógica, esta coincidencia de protagonismo cum laude se me presentó con su pleno sentido cuando llegué a la tercera fase, es decir, con Doctor Who, momento en que caí en la cuenta de que se trataba de esas tres veces. Y tenía que ser así, pues si hay un lugar en la Ficción donde mejor se especula sobre las conexiones del tiempo es en esa bellísima historia de un viajero fugitivo, antiguo y cambiante -como el tiempo mismo- que explora las cadenas causales de la historia y encuentra nexos únicos donde los cambios en el mundo tienen realmente lugar. Ese lugar no es del todo ineroxable, bastaría poder regresar a él para dar con una variación histórica, no es cómo esas situaciones en las que vayas por donde vayas irás a parar al mismo sitio, que -cuidado- éstas últimas también están.
Creo que sólo he visto algo parecido en En el cielo sobre Berlín, cuando los ángeles repasan en sus anotaciones los momentos fundamentales que han visto ("Yo vi una hoja de helecho en forma de corazón,  vi a una mujer llorar frente a una ventana..."). No sé si son fundamentales en el mismo sentido de eslabón cronólogico, pero ¿acaso en la película de Wenders no es un historiador el testigo de las ruinas del mundo, no es la entrada en la historia lo que atrae finalmente al ángel, igual que el Doctor Who ama a la humanidad sin entenderla?
Algún día conoceré la razón que une los dos primeros hechos que os conté: no veo la tele, no voy al médico.
Sólo tengo que sentarme a seguir los episodios.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Espejo mágico

Anne Sexton
Daphne du Maurier

Dorothy Parker

Clarice Lispector

Jean Rhys

Marguerite Duras

Patricia Highsmith

Sylvia Plath

Isabel Nuñez

domingo, 31 de julio de 2011

Jean Rhys



 El ancho mar de los Sargazos


Una de las novelas más geniales del siglo XX.
Antoinette Cosway busca crear un mundo propio, a medias entre los modales disting británica y las misteriosas vidas de los isleños jamaicanos. Un joven inglés se casa con ella, pero después del matrimonio empiezan a circular inquietantes rumores sobre el comportamiento de su esposa. A principios de 1940, Jean Rhys leyó por primera vez Jane Eyre, de Charlotte Brontë, y decidió rendirle su peculiar tributo imaginando ella también la historia de una mujer tentada por la locura. Fue así como nacieron las primeras páginas de El ancho mar de los Sargazos, la novela que por fin, ya en el año 1966, concedió a Rhys el aplauso unánime de la crítica y del público...Jean Rhys (1890-1978) tuvo una vida vertiginosa, viajó mucho por Europa y desempeñó los más variados empleos, de corista a extra cinematográfico. Tras cinco novelas publicadas, el éxito le llegó de forma tardía al publicar