Mostrando entradas con la etiqueta Carmen Laforet. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carmen Laforet. Mostrar todas las entradas

sábado, 6 de abril de 2013

Predilectos y favoritas


Janet Frame
                         

Memorias de Adriano
Marguerite Yourcenar


Jorge Luis Borges


Los pájaros
The birds
 Daphne du Maurier
        

Nada
Carmen Laforet

Wenceslao Fernández Flórez


 José Giménez Corbatón


Agustín Cerezales Laforet
Charles Dickens

Adolfo Bioy Casares

Joan Sales

James Joyce

Giorgio Bassani





El amante
Marguerite Duras



De teves a meves
Pere Calders 



Poemas
Emily Dickinson



Poemas y relatos

Dylan Thomas



Cumbres borrascosas
Emily Brontë



Ensayo sobre el don
Marcel Mauss



Federico García Lorca

viernes, 24 de junio de 2011

Nada es una interrogación…, viva, anhelante

Carmen Laforet

Principio de Nada


Por dificultades en el último momento para adquirir billetes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado, y no me esperaba nadie.
Era la primera vez que viajaba sola, pero no estaba asustada; por el contrario, me parecía una aventura agradable y excitante aquella profunda libertad en la noche. La sangre, después del viaje largo y cansado, me empezaba a circular en las piernas entumecidas y con una sonrisa de asombro miraba la gran Estación de Francia y los grupos que estaban esperando el expreso y los que llegábamos con tres horas de retraso.
El olor especial, el gran rumor de la gente, las luces siempre tristes, tenían para mí un gran encanto, ya que envolvía todas mis impresiones en la maravilla de haber llegado por fin a una ciudad grande, adorada en mis sueños por desconocida.
Empecé a seguir –una gota entre la corriente- el rumbo de la masa humana que, cargada de maletas, se volcaba en la salida. Mi equipaje era un maletón muy pesado  -porque estaba casi lleno de libros- y lo llevaba yo misma con toda la fuerza de mi juventud y de mi ansiosa expectación.
Un aire marino, pesado y fresco, entró en mis pulmones con la primera sensación confusa de la ciudad: una masa de casas dormidas, de establecimientos cerrados, de faroles como centinelas borrachos de soledad. Una respiración grande, dificultosa, venía con el cuchicheo de la madrugada. Muy cerca, a mi espalda, enfrente de las callejuelas misteriosas que conducen al Borne, sobre mi corazón excitado, estaba el mar.