sábado, 31 de mayo de 2014

E. P. Thompson



Edward Palmer Thompson [1924-1993]



E. P. Thompson ha sido uno de los más grandes historiadores contemporáneos. Su obra se articula, por un lado, en torno de dos libros fundamentales, La formación de la clase obrera en Inglaterra (1963) y Costumbres en común (1991) y, por otro, a una serie de estudios de carácter complementario: Whigs and hunters (1975), Miseria de la teoría (1978), Tradición, revuelta y consciencia de clase (1984), William Morris (1955) y Witness against the Beast (1993). Eric Hobsbawm ha señalado que «tenía la capacidad de producir algo que era cualitativamente distinto de lo que escribimos los demás y que es imposible medir con la misma escala: llamémosle simplemente genio». Thompson llegó al público de habla castellana tarde y mal. La primera edición castellana de The Making of the Englis Working Class salió 14 años después de la original y en una penosa traducción. El desaguisado sólo se arregló en 1989, cuando la editorial Crítica, con un prólogo de Josep Fontana, publicó una excelente versión -más meritoria si se tiene en cuenta la riqueza literaria y las dificultades léxicas de la obra- de Elena Grau. En 1988, Alfons el Magnanim, de Valencia, publicaba su primer libro, la biografia de William Morris, de la que en 1976 había aparecido una edición revisada. Sobre E. P. Thompson, el mejor libro es el de Perry Anderson, Teoría política e historia: un debate con Edward Thompson, publicado en 1980, cuando ya se habían serenado las tormentas de los años sesenta, y que editó en España Siglo XXI en 1985. En la noche del 23 al 24 de febrero de 1956, exactamente cuando Edward P. Thompson cumplía 32 años, Nikita Jruschov leía ante un asombrado XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética un informe secreto en el que denunciaba los crímenes de Stalin. Pocos meses después, el informe dejaba de ser secreto, y a la vez que asestaba un golpe irreparable al prestigio de la URSS, en Occidente despertaba esperanzas que luego se revelarían ilusorias en el Este: el Octubre Polaco y la revolución húngara fueron sus frutos. En la honda producida por estos acontecimientos, el Partido Comunista Británico perdió 10.000 afiliados, su Grupo de Historiadores se disolvió y E. P. Thompson (i pi, como le llamaban de niño para distinguirlo de su padre, un antiguo ministro metodista y misionero en la India) comenzó a razonar. Porque si creemos su confesión, antes de los 33 años, Thompson, más que razonar, abrazaba las causas que le parecían obligadas: por eso ingresó en el Partido Comunista cuando estudiaba en Cambridge, por eso luchó en África e Italia contra los nazis, por eso fue un activo militante comunista después de la guerra. Pero 1956 fue un despertar e, inmediatamente, una obsesión, porque en ese año, mientras los soviéticos entraban en Budapest, sus camaradas británicos le prohibían seguir con una revista animada por él y titulada precisamente The Reasoner. Se explica que desde entonces, y a pesar de sus grandes esfuerzos, jamás logrará sacudirse el hábito de pensar. Lo hizo apasionadamente. En primer lugar, defendiendo la tradición marxista, de la que se consideraba heredero y a la que no quería en modo alguno renunciar. Disidente, pero no renegado, como explicaría a Leszek Kolakowski, Thompson quiso mostrar con su trabajo que frente a un marxismo de cierre, de clausura, existía dentro de la misma tradición, un marxismo crítico, abierto. A ese propósito obedece su gran obra de 1963, The making of the english working class, que habría de sacudir las convenciones académicas adoptadas por la historia del movimiento obrero y que habría de enfrentarle en acalorados debates a sus colegas de la New Left Review, producto de la fusión de Universities and New Left y de su New Reasoner, con el que desafió a sus censores del Partido Comunista. Pues con The Marking, Thompson no sólo asestaba duros golpes al marxismo de cierre, sino que colocaba potentes bombas de relojería bajo el marxismo sin más. Su célebre frase “la clase no es una cosa, es un acontecimiento” (a class is not a thing, it is a happening) liquidaba la visión determinista y, por lo mismo, teleológica, de la aparición y de la existencia de la clase obrera como producto de un modo de producción y como sujeto histórico de su abolición. La clase obrera inglesa se formó en la experiencia de lucha contra la explotación porque artesanos utópicos, tejedores deshauciados por las máquinas, tundidores y calceteros, cuyos rostros recuperaban en un bellísimo y libérrimo ejercicio del oficio de historiador, se encontraron en determinados lugares, procedentes de diversas tradiciones de disentimiento. Su historia era, ante todo, el estudio del sentido que los propios actores incorporaban a su acción y no la comprobación empírica de un metarrelato teórico. Lo que quería decir, en definitiva, que por el entramado de la obra de Thompson respiraba Weber, aunque el aliento viniera de Marx; que había en ella más superestructura cultural que base económica, más contenidos de tradición y de conciencia que determinantes infraestructurales, más sujetos que objetos. Hoy, eso puede parecer hasta obligado y, en todo caso, es algo adquirido, pero por el tiempo en que Thompson escribió su obra, la acusación de culturalista, populista y empirista, procedente de medios marxistas británicos, no se hizo esperar, abriendo un debate que se prolongó durante años y que le alejó, disidente otra vez, de sus colegas de la New Left. En ese debate, un torpedo fenomenal, The peculiarities of the english (1965), lanzado contra los veloces navíos de Perry Anderson y Tom Nairn, le distanció todavía más, no ya del marxismo como cierre, sino de cualquier interpretación específicamente marxista. Sus sarcasmos contra una concepción de la clase social “vestida con imageniería antropornórfica”, una clase con todos los atributos de la identidad personal, con volición, fines conscientes y cualidades morales, una clase que hoy pacta con uno, mañana con otro, socavaban la práctica dominante entre marxistas en uno de sus núcleos centrales: explicar el proceso histórico a base de clases sociales como sujetos que desean, se proponen fines, son depositarias de misiones históricas y manejan desde lugares inaccesibles todos los hilos de la trama. Cuando la muerte le ha visitado, Thompson había vuelto a su oficio original. Su Customs in common (1992) recoge algunos de sus espléndidos trabajos sobre el siglo XVIII y había acabado ya la biografía de William Blake. Por mi parte, no dudo en sumarme al reciente tributo de Christopher Hill: fue el más grande -y añadiría: por ser el más libre- de los historiadores de lengua inglesa de la segunda mitad del siglo XX.

[Santos JULIÁ. “Disidente, pero nunca renegado”, in El País, 7 de septiembre de 1993]

La consciencia de clase 
Edward Palmer Thompson

Más allá de las discusiones que han decidido dividir, o multiplicar, las escuelas historiográficas marxistas, E.P. Thompson fue un modelo de vigor metodista, un buen pedazo de la historia de Inglaterra en sí mismo y un excelente investigador de las zonas más oscurecidas de su sociedad, zonas que estaban vivas, respirando, pero que debían resucitar, como si hubieran muerto, a la luz de los tratados y los documentos que él escribió.
Siempre conviene tener a mano un historiador que resucite, que nos haga levantar y caminar. Para Thompson, esos muertos aparentes supieron formarse una conciencia, no como la del "Lázaro" coactivamente animado por un milagro, sino enraizada en el mismo seno que los alimentó, la cultura, la vida, la guerra, el trabajo, la fuerza. 
Sea eso la conciencia o no, para leerle y aprehenderle, no hace falta decidirlo enseguida:
  
1. La cultura radical 
La década de 1820 parece extrañamente tranquila, comparada con los años radicales que la precedieron y los años cartistas que la siguieron: una meseta de paz social ligeramente próspera. Pero muchos años después un vendedor ambulante de Londres advertía a Mayhew: 
La gente se imagina que cuando todo está tranquilo, todo está paralizado. Así y todo se sigue haciendo propaganda. Cuando todo está tranquilo germinan las semillas. Los Republicanos y los Socialistas están inculcando sus doctrinas.
Esos tranquilos años fueron los años de la lucha de Richard Carlile a favor de la libertad de prensa; de la creciente fuerza de las trade unions y de la revocación de las Combination Acts; del desarrollo del libre pensamiento, de la experimentación cooperativa y de la teoría owenita. 
Son años en que tanto los individuos como los grupos intentaron teorizar las experiencias gemelas que hemos descrito: la experiencia de la Revolución industrial, y la experiencia del radicalismo popular insurgente y derrotado. Y hacia el final de la década, cuando se produjo el punto álgido de la lucha entre la Vieja Corrupción y la Reforma, se puede hablar de una forma nueva por lo que se refiere a la consciencia de la población obrera en cuanto a sus intereses y su condición como clase. 
En cierto modo podemos describir el radicalismo popular de esos años como una cultura intelectual. La consciencia articulada del autodidacta era, por encima de todo, una conciencia política. Porque la primera mitad del siglo XIX, cuando la educación formal de una gran parte de la población suponía poco más que el 
aprendizaje de las cuatro reglas, de ningún modo fue un período de atrofia intelectual. Las ciudades e incluso los pueblos bullían con la energía desplegada por los autodidactas. Una vez aprendidas las técnicas elementales de la lectura y la escritura, los peones, artesanos, tenderos, oficinistas y maestros de escuela procedían a instruirse, ya fuese individualmente o en grupos. Y muy a menudo los libros y los profesores eran los que la opinión reformadora aprobaba. Un zapatero que hubiese aprendido a leer en el Antiguo Testamento avanzaría penosamente leyendo La edad de la razón; un maestro de escuela cuya educación alcanzase poco más allá de las homilías respetables, intentaría leer a Voltaire, Gibbon, Ricardo; aquí y allá los líderes radicales locales, tejedores, libreros, sastres, acumularían estantes llenos de periódicos radicales y aprenderían cómo manejar los Blue Books parlamentarios; los trabajadores analfabetos irían, sin embargo, cada semana a una taberna en la que se leyese en voz alta y se discutiese el editorial de Cobbett. 

De este modo los obreros se formaron una imagen de la organización de la sociedad a partir de su propia experiencia y con la ayuda de su educación desigual y a duras penas conseguida, que era, sobre todo, una imagen política. Aprendieron a contemplar sus propias vidas como parte de una historia general del conflicto entre, por una parte, las “clases industriosas”, imprecisamente definidas, y por otra la Cámara de los Comunes no reformada. Desde 1830 hacia adelante maduró una conciencia de clase, en el sentido marxista tradicional, definida con mayor claridad, en la que la población obrera se responsabilizó de seguir adelante por sí misma con las viejas y las nuevas batallas. 

Es difícil hacer generalizaciones respecto de la difusión de la alfabetización en los primeros años del siglo. Las “clases industriosas” estaban en contacto, por un extremo, con el millón o más de analfabetos o personas cuya instrucción superaba en poco la aptitud para deletrear unas pocas palabras o para escribir sus nombres. En el otro extremo había hombres con una considerable formación intelectual. El analfabetismo (deberíamos recordarlo) de ningún modo excluye a los hombres del discurso político. En la Inglaterra de Mayhew los cantores de baladas y los “charlatanes” tenían todavía una ocupación floreciente, con sus farsas callejeras y sus parodias de esquina que variaban según el humor popular y daban un aire radical o antipapal a sus monólogos satíricos o recitados, según la situación del mercado.
El trabajador analfabeto podía caminar millas para escuchar a un orador radical, igual que el mismo hombre (u otro) podía andar para no perderse un sermón. En momentos de agitación política los analfabetos harían que sus compañeros de trabajo les leyesen en voz alta los periódicos; mientras que en los locales de reunión se leía el diario y en las reuniones políticas se dedicaba un tiempo enorme a leer discursos y a aprobar largas retahílas de resoluciones. El radical apasionado podía incluso atribuir una virtud de talismán a la posesión de obras predilectas que no podía leer por sí mismo. Un zapatero de Cheltenham que acudía puntualmente cada lunes a casa de W. E. Adams para que le leyese la “carta de Feargus”, era sin embargo el orgulloso poseedor de varios de los libros de Cobbett, que tenía guardados cuidadosamente en una caja forrada de piel.



viernes, 30 de mayo de 2014

Yo golem



Pero no es eso la existencia.

Entonces albergué un proyecto que tacharon de vano. 

Mi plan era, y suponía que se trataba de la primera vez, construir un yo totalmente. La insólita combinación de lucidez, caos y perplejidad en la que mi pensamiento se hallaba siempre, me concedió una rara oportunidad suscitada en aquella visión: supe que mi ser se retorcía tan sólo porque era un embrión irreverente, un incompleto pero exuberante monstruo que aullaba desde su deformidad exigiendo lo que ninguno había esperado, la totalidad. Yo –y esa palabra surgía entonces de la neblina, la malformación y la injuria pagana- iba a completar el primer Yo.

A partir de mí, nada de barro. La muerte existe porque no terminamos el trabajo. El material: el sueño. El método: la estratificación, la vieja disciplina de las piedras. La duración: indefinida, hasta que sienta el pavor de la solidez.




Del relato El proyecto
D.P.S.

Saesteinn - Les Rêves de Misha - Blogger


jueves, 29 de mayo de 2014

El ojo de Terpsícore


En la danza, dice Radcliffe-Brown, la personalidad del individuo es sometida a la acción que ejerce sobre él la comunidad, y las acciones y los sentimientos personales forman un concierto armonioso en el que la comunidad llega a un máimum de unidad y de concordia, que experimentan intensamente todos los individuos que forman parte de ella. 

Fotos: Emidio Luisi


No importa que la danza en muchos casos  sea escena y escenario de discordia. Lo que observó Radcliffe-Brown no se refiere al tema del baile, ni a si se baila sólo en grupo, o si están o no hermanados los danzantes. Se  refiere a la constitución social del baile, a su estructura interna como fuente de lenguaje.

Ballet Brandsen, dirección Mabe
Pimentel y Oscar Murillo
Fotografías: Antonio Fresco



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CPRowe

Fotógrafo

Tamara Rojo


Robert Doisneau 




Café Saint Yves Saint Germain des Prés, Paris, 1948







Las técnicas corporales constituyen la forma en que los hombres, sociedad por sociedad, hacen uso de su cuerpo en una forma tradicional. (Mauss, 1979 p. 337)


Selene Muñoz 





Ruth St. Denis


miércoles, 28 de mayo de 2014

Third Man

Aunque desde el primer momento le propusieron escribir el guion de una película ambientada en la Viena de posguerra, con la firme presencia de las cuatro potencias ocupantes, Graham Greene optó por escribir la trama en forma de novela. Aquél era el único modo, aseguraba, de poder planificar el guion, el cual sería posteriormente elaborado por el propio novelista y por el productor, Alexander Korda. Greene siempre defendió que la versión de la película era mucho mejor que la del libro (incluido el final, que es distinto), lo cual no impidió que éste fuera editado de todas maneras y se convirtiera en un clásico.
El aporte de Orson Welles al conjunto de la película parece evidente. Welles, que tenía problemas con sus producciones en Hollywood, decidió dar el salto a Europa, donde dirigió y colaboró en varios proyectos, entre ellos éste film de Carol Reed. Su primera aparición en pantalla (el movimiento de una lámpara que muestra a Harry Lime ante la sorprendida cara de Cotten) ha sido considerada como la mejor presentación de un personaje en un filme. El plano secuencia del final y la escena de la persecución en los alcantarillados de Viena son igualmente memorables.
  • Fue rodada en London Film Studios (Shepperton, Inglaterra). Los exteriores se rodaron en Austria.
  • La música de Anton Karas, interpretada por él mismo en cítara, fue un éxito y llegó a los primeros lugares en 1950.
  • También es de destacar la fotografía en blanco y negro y los exteriores seleccionados, que muestran diversas facetas de la ciudad de Viena, como la Noria de Viena del Prater o las cloacas vienesas, marco de la famosa escena de la persecución final.


Guerra Fría, Viena, 1947. El norteamericano Holly Martins, un mediocre escritor de novelas del Oeste, llega a la capital austríaca cuando la ciudad está dividida en cuatro zonas ocupadas por los estados aliados de la Segunda Guerra Mundial. Holly va a visitar a Harry Lime, un amigo de la infancia que le ha prometido trabajo. Pero su llegada coincide con el entierro de Harry, que ha muerto atropellado por un coche. El jefe de la policía militar británica le hace saber que su amigo estaba gravemente implicado en el mercado negro. Adaptación de la novela homónima de Graham Greene.
Os dejo con 115 capturas de ese maravilloso clásico de Carol Reed llamado “El tercer hombre” (1949), dotado de una fotografía espectacular, unas actuaciones muy correctas (Joseph Cotten, Alida Valli, Trevor Howard y Orson Welles) y un virtuosismo narrativo fuera de toda duda (atención a la importancia que se le da en la trama a un personaje -el inolvidable Harry Lime (Welles)- que no aparece hasta bien entrada la primera hora de metraje (no revelaré si es mediante un flashback o dentro de la misma historia), en un tratamiento similar al visto en “Laura” (1944) de Otto Preminger), que supone todo un descenso a las cloacas (en todos los sentidos) de la Viena de la posguerra. La sutil presentación del “maestro de ceremonias” (Welles), la implacable persecución por los alcantarillados o el majestuoso plano secuencia final ya forman parte del imaginario colectivo cinéfilo. 








EL TERCER HOMBRE / VIENA

AGATHA CHRISTIE 1890 - 1976


No es la escritora profunda, sensual, retorcida. No es romántica, ni autobiográfica. No es despiadada, hipersensible, virtuosa, ni tampoco experimental o poética. Pero es única. Fue ella quien comprendió definitivamente la naturaleza del lector, aquel que desea con todas sus fuerzas que le decepcionen, que no quiere encontrar el camino hacia un mítico lugar del crimen, aunque se involucre en ello tanto como el autor.
Fue ella la que supo domar el espacio con palabras que eran imágenes: paisajes grises, azules, verdes, plateados. Ingleses. Una exagerada preocupación por el clima, una vida social hirviendo en el té, un criminal con levita, una mente intachable, anciana o belga. Todas las cosas puestas como estaban.







jueves, 22 de mayo de 2014

El túnel

A Julius lo salvó el cine.


María Gräfin ayudó a escapar a varias decenas de judíos, fue una gran conspiradora.

Con la ayuda de antifascistas españoles, del Círculo de Kreisau y de la resistencia alemana, entre cuyos miembros había incluso personajes de la inteligencia militar, Julius consiguió un pasaporte tan fuera de sospecha como su excelente español, y María Gräfin lo metió –literalmente- en uno de los rodajes de Bavaria, como extra, bajo las órdenes de Kurt Bernhardt, con un guión basado en una novela “best-seller” de principios del siglo XX, escrita por Bernhard Kellermann, considerada un augurio de la Gran Guerra al tiempo que un mensaje de progreso tecnológico para la humanidad: Der Tunnel, un túnel transatlántico de ciencia-ficción entre Europa y América, que se construía fervientemente, como el “puente sobre el río Kwai”, pero sin chicos silbando, y con premoniciones sobre la huida posterior a los E.E.U.U del director de la película y del curso que iban a tomar más tarde los ríos de la guerra y la paz. Además, el villano de la película era un potentado eslavo, a la vez que mecenas del ingeniero y genial protagonista… Ésta era la segunda versión basada en la novela. La primera presagiaba la primera guerra mundial, la segunda…, pues eso, la segunda. Dos años después, se rodó una prestigiosa versión inglesa, en en la que el novelista aparecía como personaje, y desde entonces se han hecho infinidad de plagios.
Así fue como Julius pudo ir y venir, de rodaje en rodaje, sin delatar su verdadera identidad, durante más de dos meses, pisando Berlín, pateándose Geiselgasteig y Grünwald en Múnich, hasta que aterrizó en Barcelona, sin la menor huella de zarpazo...


Aparece en las exuberantes escenas de construcción del túnel, con otros jóvenes, cargando sacos para detener una cascada de agua inoportuna, hombres y hombros mojados que desprenden un fuerte esteticismo erótico. Y en escenas magníficas, como cuando la “tripulación” constructora aclama al ingeniero dentro de una gran habitación con estructuras de hierro, obreros sentados o trepando por ellas, colgando los pies de alguna dama desde las vigas férreas, gorras de plato, límpido blanco y negro, largas peroratas del genio comparables a las de cualquier caudillo de aquel entonces y de siempre.

Algunas veces, hay un túnel.


Las músicas de Brundibár (D.P.S.)







jueves, 8 de mayo de 2014

Un infierno ignorado


Las músicas de Brundibar (fragmento)



¿Hubiera yo pensado tanto, así, hasta la extenuación, de haber vivido en otra época? Puesto que aquella se me antojaba el final de una era, cuya torre la historia colocaba abigarrada de almenas, banderas y escaleras lanzadas desde cualquier punto geométricamente imprevisible, una Babel de disparos de un lado a otro, donde había que concentrarse para distinguir quién tiraba a quién, como en uno de esos cuadros de El Bosco que yo miraba detenidamente de niño, llenos de pequeños cuerpos desnudos, simbióticos con máquinas que me inquietaban porque no sabía si estaban hechas para sufrir o para gozar, y a pesar de las alusiones al infierno en los títulos de las escenas y en los detalles demoníacos, yo me preguntaba cómo había ido a parar esa gente allí, si acaso su voluntad los había colocado donde querían y eran cuerpecillos terribles, frágiles, pero consecuentes con lo que fueron en vida, o quizá un día podía encontrarme repentinamente en aquel lugar por lo arbitrario de un poder maléfico que, en la guerra invisible entre fuerzas profundas y absolutas, había ganado una de las batallas llevándome como rehén o trofeo. 

Detalle del Jardín de la Delicias, El Bosco


... lo sentía también entonces, en Berlín, en aquella época que llamaban convulsa. Estábamos en la “Isla del Dr. Moreau”, ese perfecto empalme ficticio entre el capitán Nemo y un prototipo del Führer, sometidos a un fatuo experimento histórico. Un infierno ignorado. Como en Brundibar, aquella ópera para niños que compuso Hans Krása en el 38 y que él mismo montó estando preso en el campo de exterminio de Terenzin.  


James Mason as Captain Nemo in 20,000 LEAGUES UNDER THE SEA


viernes, 2 de mayo de 2014

Buenas noches, Sigmund





Pero yo ahora sólo anhelo morirme 

en “la belle indifference des histeriques”

en el paso a nivel de lo vivido. 

Morirme 

pero no morir

como la brasa se extingue 

para volver a donde yace el fuego.









Boreas

jueves, 1 de mayo de 2014

... un sótano más negro que mi reputación

CONTRA JAIME GIL DE BIEDMA

De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso,
dejar atrás un sótano más negro
que mi reputación —y ya es decir—, 
poner visillos blancos
y tomar criada,
renunciar a la vida de bohemio,
si vienes luego tú, pelmazo,
embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes,
zángano de colmena, inútil, cacaseno,
con tus manos lavadas,
a comer en mi plato y a ensuciar la casa?

Te acompañan las barras de los bares
últimos de la noche, los chulos, las floristas,
las calles muertas de la madrugada
y los ascensores de luz amarilla
cuando llegas, borracho,
y te paras a verte en el espejo
la cara destruida,
con ojos todavía violentos
que no quieres cerrar. Y si te increpo,
te ríes, me recuerdas el pasado
y dices que envejezco.

Podría recordarte que ya no tienes gracia.
Que tu estilo casual y que tu desenfado
resultan truculentos
cuando se tienen más de treinta años,
y que tu encantadora
sonrisa de muchacho soñoliento
—seguro de gustar— es un resto penoso,
un intento patético.
Mientras que tú me miras con tus ojos
de verdadero huérfano, y me lloras
y me prometes ya no hacerlo.

Si no fueses tan puta!
Y si yo supiese, hace ya tiempo,
que tú eres fuerte cuando yo soy débil
y que eres débil cuando me enfurezco...
De tus regresos guardo una impresión confusa
de pánico, de pena y descontento,
y la desesperanza
y la impaciencia y el resentimiento
de volver a sufrir, otra vez más,
la humillación imperdonable
de la excesiva intimidad.

A duras penas te llevaré a la cama,
como quien va al infierno
para dormir contigo.
Muriendo a cada paso de impotencia,
tropezando con muebles
a tientas, cruzaremos el piso
torpemente abrazados, vacilando
de alcohol y de sollozos reprimidos.
Oh innoble servidumbre de amar seres humanos,
y la más innoble
que es amarse a sí mismo!

Jaime Gil de Biedma