domingo, 25 de marzo de 2012

Rosa, Rosa.


La estructura del universo es una criatura tierna y umbría que nada a través de los corazones. Pero Rosa no pensaba en eso todavía, sino que se ajustaba las hebillas del peto y dejaba que su instinto la guiara como una luciérnaga en un jardín húmedo. Niña de piel blanca y pequeñez engañosa... he ahí una rosa tupida cuyos pétalos se apelmazan y retuercen hasta formar el órgano centrífugo de su propia fuerza vital. Así, sentada en la piedra del puerto que la vio nacer, se concentraba en intuiciones repentinas cuyo impulso a ella misma le asustaban, tendiéndole caminos que la alejaban de su patria cómplice, pero que reconfortaban su imaginación. Largamente entrenada, oliendo la espuma del océano, llenándose las manos de crestas blancas, surcos de restos de oleaje, navíos inmóviles o entusiastas como amantes aquejados de fiebre.
Qué vieja era su ciudad. Qué de movimientos, cuántas acciones y milagros pequeños, cuántas desazones, causas y olvidos, lluvias y soles; cuantas niñas distintas. Uno intuye lo que será a dentelladas que se maltragan y luego no lo recuerda y va echando adelante como si la vida fuera una digestión lenta.

Del relato La casa de Rosa Andrade  

D.P.S.