sábado, 24 de marzo de 2018

Ropajes

Santa Casilda, de Zurbarán.

Para los artistas del XVII italiano, la maestría en el tratamiento de los tejidos y la originalidad de los trajes retratados eran una prueba más de la calidad de su arte. En España, Zurbarán es su máximo exponente.




Viste y muestra, en un juego de pudor y seducción, como en La venus del espejo, de Velázquez. Puede ser sensual, como en La maja vestida, de Goya, o regia, como en La visión de Santa Helena, de Paolo Cagliari (el Veronés). La moda reside en los cuadros, ya sea por presencia o por ausencia; cuando el traje representa una sociedad y una época, o la desnudez, el rechazo a esas mismas normas sociales y sus engaños, como bien podría haber sido la intención de El Bosco con su inquietante Jardín de las delicias. Ha sido así –como señala Manuela Mena, subdirectora del Museo del Prado en su artículo La moda, cara visible del arte– desde los egipcios, los asirios, los romanos, los chinos milenarios y los japoneses, hasta el arte de la India, los persas y turcos y la cultura europea. Solo los griegos se recrearon, de un modo filosófico, «en el valor puro del cuerpo humano desnudo, sin el aditamento vulgar y pasajero de las telas».
Para los pintores del XVII italiano, la belleza que el artista fuera capaz de imprimir a los tejidos era una prueba más de su maestría, como la perspectiva, el dominio de la anatomía humana, la habilidad para plasmar el movimiento en la quietud, para encerrar la luz en un lienzo o para hacer que la naturaleza muerta aún parezca viva. Estudiaban las calidades, los tintes, el panneggiare –los plegados y su caída–, los patrones y los adornos. Hay cuadros, como Santa Isabel de Zurbarán, que crujen al verlos como las enaguas rojas de Mammy en Lo que el viento se llevó. Si se trataba de un retrato, el artista elegía junto al protagonista el mejor atuendo, «el más definitorio de la personalidad», explica Mena. «Es evidente que si Goya hubiera retratado a la condesa de Chinchón de rojo, o con adornos de ese color, nadie la vería como una joven desvalida y frágil, aspectos de su situación personal que se acentúan por los sutiles tonos del blanco puro del vestido y el azul de sus adornos». El pintor austríaco Egon Schiele lo llevó al extremo cuando pidió a su pareja, Wally, que cosiera un traje a partir de un pesadísimo cortinaje que había en su taller para retratar con él a su amante, Edith Harms (después Schiele).

 Edith Schiele, pintada por Egon

Estoy harto de tanto trazo grueso, tanto negro», le dijo. «Cuando llegamos me fijé en los grandes telones que hay ahora en el taller. ¿Sabes cuáles son? Esos tan pesados y con muchas rayas… Me parecen sencillos, hermosos y emocionantes. Quiero pintar así: sencillo, hermoso, emocionante». Cuenta su historia Pilar Gómez Rodríguez en La otra vida de Egon. Las manos de Wally sangraban con cada puntada que daba la aguja en aquella gruesa tela. Tres años después de que Schiele finalizara el cuadro, Edith Schiele con vestido de rayas (1915), Wally murió. «Con la inocencia del buen asesino, Edith llevaba el vestido que Wally cosió para ella…».

El País, 2012
Degas
Adele Bloch-Bauer II - Gustav Klimt


La Criolla del Mantón (hacia 1910), óleo del pintor mexicano Saturnino Herrán 



Monet
Monet



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