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martes, 1 de mayo de 2018

Jens Juel 1745 – 1802













Pintor danés, conocido ante todo por sus muchos retratos.






Autorretrato





Romaine Brooks








Atonal, con la paleta de color esporádica y mitigada. Ambigua, de mirada directa pero sombreada. En cualquier caso y sin duda, moderna. El autorretrato es de 1923 y Romaine Brooks, de 57 años, viste como un hombre ataviado por una elegante sastrería. El porte es aristocrático, pero la androginia se concibe como un guiño: las lesbianas de clase alta se identificaban unas a otras por la indumentaria, la elegancia y el porte de mando. Eran la nueva mujer.

La pintora, nacida en 1874 en Roma en una familia adinerada estadounidense, residente en París buena parte de su vida —con escapadas de verano a la costa de Bari— y muerta en Niza. Vivió mucho, estaba a punto de cumplir 96 cuando falleció y, como queda claro, siempre supo elegir escenarios con distinción.

Fue una rebelde y no escondió nunca el lesbianismo, aunque debe anotarse que le resultó fácil porque vivía de la herencia millonaria que le dejó una de sus abuelas y se movía entre la clase alta europea y los expatriados estadounidenses de entreguerras, gente en la que solían confluir tres singularidades: eran creativos, bohemios y homosexuales.


La Dama de Negro, Azaleas blancas y La chaquetilla roja fueron pintados casi en continuidad, en 1910, cuando Brooks acababa de instalarse en París atraída por las emociones fuertes que ofrecían Montparnasse y Montmartre y, no con menos interés, por su amante de entonces, Winnaretta Singer, heredera del imperio de las máquinas de coser y casada en una de esas uniones blancas que los sajones llaman lavender marriage —entre homosexual y lesbiana— con el Príncipe de Polignac.

Los cuadros de Brooks, que expuso por primera vez en la capital francesa ese mismo año, eran casi monocromos, de trazo frío y valientes. Un par de ellos eran desnudos, tema vedado a las mujeres pintoras por la moralina de la época.

En 1911 Brooks se enamoró con locura de la bailarina rusa-judía Ida Rubinstein, una de las bellezas icónicas de la Belle Époque. La pareja fue feliz durante un tiempo y Brooks usó a su amante como modelo frágil y andrógina en varios cuadros, algunos, como La crucifixión, de descarado matiz sexual: Rubinstein parece en coma o yaciendo tras el éxtasis, tendida sobre una superficie blanca que puede simbolizar el ala angélica de su dedicada amante.



La artista también retrató a la bailarina como reina de las flores y en poses más realistas, pero el romace fue interrumpido por la I Guerra Mundial y la negativa de Brooks a vivir a un retiro rural que pretendía Rubinstein. La pintora era una adicta a las relaciones sociales y necesitaba el vértigo de la ciudad como decorado vital.

Uno de los momentos cumbre de Brooks, sobre todo por inesperado dada su aparente indolencia y apego al hedonismo, ocurrió cuando en 1914, cuando presentó La Cruz de Francia, un cuadro que subastó para recaudar fondos para la Cruz Roja y mostrar una oposición clara a la guerra. La obra, con Rubinstein como modelo, muestra a una mujer heroica con traje de enfermera contra un paisaje desolado barrido por el viento mientras, al fondo, se adivina la ciudad en llamas de Ypres, atacada por los alemanes. Tras la guerra el gobierno de Francia concedió a Brooks la Legión de Honor. 


Durante el resto de su carrera, Brooks, que nunca alcanzó cotas de artista de referencia, siguió pintando expresivos retratos de mujeres lesbianas que funcionaban como prolongación de su vida —mantuvo una intensidad amorosa constante, libre y cambiante, con algunas relaciones no convencionales y duraderas, sobre todo el trío con la escritora Natalie Clifford Barney y Lily de Gramon,

Sus óleos eran, como señaló con su cinismo despreciativo habitual el novelista Truman Capote, él mismo homosexual, una “galería de bolleras”. Más allá de la aportación de Brooks como abanderada del lesbianismo hay también en sus cuadros un estilo tan libre como su propia vida —terminó dedicándose por completo al dibujo con pretensiones surrealistas y no convencionales, mediante líneas fluidas y continuas que creaba sin levantar el lápiz del papel—. 






- Trasdós -

domingo, 22 de abril de 2018

EMIL OTTO HOPPÉ

Autorretrato, 1910 ©2012 Curatorial Assistance, Inc./E.O. Hoppé Estate Collection


Emil Otto Hoppé fue un fotógrafo británico de origen alemán (nacido el 14 de abril de 1878 en Múnich y fallecido el 9 de diciembre de 1972 en Londres) que realizó fotografía de retrato, viajes y callejera entre 1907 y 1945. Es considerado una figura esencial en la fotografía modernista de la era eduardiana, habiendo pasado a la historia por ser el fotógrafo de las celebridades intelectuales y artísticas, sin olvidar todos aquellos tipos de la calle que por alguna causa llamaban su atención. Además fue el responsable de que el concepto de belleza femenina no siguiera exclusivamente ligado a la mujer blanca.






Hijo único de un prominente banquero de Múnich fue educado en las mejores escuelas de Múnich, París y Viena. Estuvo aprendiendo el oficio en bancos alemanes durante 10 años, antes de aceptar un trabajo en la Shanghai Banking Corporation, pero nunca llegó a China. En su escala en Inglaterra se encontró con un amigo de estudios y se casó con su hermana Marion Bliersbach, permaneciendo en Londres y trabajando en el Deutsche Bank, aunque cada vez más enamorado de la fotografía, hasta que dejó su carrera en la banca y abrió un estudio de retrato, consiguiendo en pocos años ser el líder indiscutible del retrato pictorialista en Europa.
Su amigo George Bernard Shaw, le introdujo en el mundo artístico y le facilitó el acceso a los intelectuales más notables. Al tiempo, su fama entre el público era tal, que pocos personajes prominentes de la época, ya sea en el campo de la política, arte, literatura y teatro no posaron para él. Retrató entre otros muchos a Arthur Conan Doyle, Rabindranath Tagore, Albert Einstein, Benito Mussolini, el rey Jorge VI, Ezra Pound, …
Pero no solo estuvo pendiente de los famosos. La gente de la calle, bares y otros locales públicos también le interesaban. Para evitar suspicacias, se adentraba en los locales con su pequeña cámara envuelta en papel de estraza y con el objetivo estratégicamente colocado y oculto, y así pudo capturar a amigos charlando, parejas de posibles amantes, vendedoras de flores, viajeros en el autobús con rostros agotados…
También fotografió toda suerte de escenarios en el continente africano y en países tan diversos como Cuba, Jamaica, Polonia y Japón.





Siendo uno de los más importantes artistas de su época, en 1954 vendió su archivo a la Mansell Collection de Londres, que incluía millones de fotografías y que estaba organizada por temas y no por autor, con lo que su obra comenzó a desaparecer de la historia de la fotografía, permaneciendo unos 30 años en el anonimato, hasta que la colección fue adquirida por nuevos propietarios americanos.
En 1994 el comisario Graham Howe recuperó las fotografías de Hoppé de esta colección y las reunió con el archivo fotográfico de la familia Hoppé y documentos biográficos, reconstituyendo la colección completa de E.O. Hoppé por primera vez desde 1954. Después de varios años de catalogación, conservación e investigación, la extraordinaria obra de Hoppé puede ser vista actualmente de nuevo.