jueves, 9 de noviembre de 2017

El pozo de la soledad


Radclyffe Hall 

Radclyffe Hall ha sido y es considerada por muchas mentes pensantes del lesbianismo la escritora lesbiana más importante de la primera mitad del siglo XX. Otro sector de esta ‘intelligentzia’, en cambio, la considera un lastre. Para lo primero existe un motivo de peso: Hall es autora del best seller universal, ‘El pozo de la soledad’, una novela capaz de vender más de 100.000 copias al año desde que se publicó en 1928 hasta la muerte de su autora, en 1943. Para ser denostada también hay un motivo: el tratamiento que da a las lesbianas en esa misma novela. En ‘El pozo de la soledad’, Radclyffe Hall presenta a las lesbianas congénitas como criaturas equivocadas pero que, habiendo sido creadas por Dios, tienen derecho a seguir vivas y a ser compadecidas por el resto de la humanidad. La pretensión de la protagonista es que la dejen vivir tranquila a pesar de su ‘rareza’. Un mensaje que pretende la piedad y pide perdón por existir y que no parece buscar el reconocimiento del derecho a la diferencia.

Hall nació en 1880 y fue bautizada como Marguerite Radclyffe Hall, de niña se hacía llamar Peter y de adulta optó por el nombre de John. Marguerite, según sus biografías, no tuvo una infancia feliz: su padre, Radclyffe Radclyffe Hall abandonó a su familia poco después de que ella naciera y su madre, una dama norteamericana, Marie Diehl, con expectativas de medrar en la escala social británica apenas se ocupó de ella. Su hija, que se comportaba como un chico, era demasiado extraña para su espíritu convencional, así que dejó su formación en manos de niñeras y tutoras. Durante su adolescencia, cuando empezó a enamorarse y a flirtear con otras chicas, Hall destacaba básicamente como jinete, como cazadora y como apasionada del incipiente universo de la automoción. Tres rasgos poco femeninos en la época y la Inglaterra victoriana en la que vivió.

Mantuvo varias relaciones en aquella época: con Agnes Nicholls, una  alumna de su padrastro, el músico Alberto Visetti, con la que vivió un idilio más platónico que otra cosa ; y con sus primas de Estados Unidos, Jane y Dolly, con las que la pasión fue más física que platónica.


Radclyffe Hall by Charles Buchel, 1918 (National Portrait Gallery, London)



Cuando tenía 21 años heredó la cantidad equivalente a 15 millones de euros actuales que le dejó su abuelo. Así pudo consagrarse a la escritura y a sus affaires amorosos.




Su primer gran amor fue la cantante lírica Mabel Veronica Batten. Se conocieron en un balneario alemán el 22 de agosto de 1907. Batten, una mujer casada, tenía 51 años y Marguerite, 27. El matrimonio de la primera ni fue inconveniente para que empezaran a vivir juntas y Mabel asumiese el papel que antes habían desarrollada las tutoras de Hall: le recomendó que aprendiera francés, que conociera la cultura española (fueron de vacaciones varias veces a Tenerife y la Orotava quedó inmortalizado en ‘El pozo de la soledad’), y la introdujo en la literatura lésbica así como en el catolicismo, religión a la que Hall acabó convirtiéndose a pesar de sus inclinaciones. Fue en esa época cuando Radclyffe empezó a vestirse con atuendos masculinos y a lucir monóculo y una gran variedad de sombreros Stetson.

Si Mabel fue en parte responsable del inicio de su carrera literaria, también fue quien le presentó en 1915 a la que iba a ser su compañera hasta el final de su vida: Una Troubridge, prima de la cantante y casada con el almirante Ernest Troubridge. Una -escultora y traductora y madre de una niña cuya custodia quedó  en manos de su padre- y Radclyffe se enamoraron y durante un año, hasta la muerte de Mabel en 1916, vivieron un affaire inevitablemente teñido por un doloroso sentimiento de culpa. En una de las entradas de su diario Una escribió: “Después de haber conocido a Radclyffe Hall es imposible imaginarme la vida sin ella”.


Fue el sentimiento de culpa lo que hizo que, tras la muerte de Batten y cuando Hall y Troubridge ya vivían juntas en el número 10 de Stirling Street, se volvieran espiritualistas para contactar a través de una medium con Batten “en el más allá”. Además, Hall incluyó en algunas de sus novelas, entre ellas ‘El pozo de la soledad’, la dedicatoria “A nosotras tres”, aludiendo a aquel extraño y fantasmagórico triángulo amoroso.

En 1926, animada por el éxito de sus novelas anteriores (“The forge”, basada en  Romaine Brooks, la amante de Natalie Barney; “Casi un amor”, publicada en castellano por Lumen; “A Saturday life”, “Adam’s Breed”), empezó a escribir una novela sobre un tema tabú: el lesbianismo. Dos años más tarde, en 1928, se publicó “El pozo de la soledad”, coincidiendo con la publicación de dos clásicos del lesbianismo: ‘Orlando’, de Virginia Woolf, y ‘El almanaque de las mujeres’, de Djuna Barnes y en la que Hall y Una aparecen como lady Tweed-in-Blood y Buck-and-Balk, respectivamente.‘El pozo de la soledad’ narra la historia de Stephen Mary Olivia Gertrude Gordon, una inglesa rica, cuyo padre deseaba fervientemente tener un hijo varón, para el que tenía pensado el nombre de Stephen. A medida que se hace mayor, se da cuenta de que no es una mujer normal, sino, como se lee en la novela, “un error de Dios”. La obra finaliza con un victimista: “Reconócenos, oh, Señor, ante todo el mundo. Concédenos también el derecho a existir”. De esta novela, un crítico de la época dijo: “Preferiría suministrar ácido prúsico a un joven que gozase de buena salud, antes que la novela de Hall, porque el veneno mata el cuerpo, pero el veneno moral mata el alma”.
La novela fue prohibida por “obscena” en Gran Bretaña, a pesar del apoyo de autores como E.M. Forster, George Bernard Shaw y Virginia Woolf. Como suele ocurrir, la prohibición hizo de esta obra un best-seller, pero Hall, superada por la polémica, decidió retirarse al pueblecito de Rye, junto a Una, en 1930. Siguió escribiendo, sí,  pero sus últimos años estuvieron marcados por la depresión y una gran inquietud interior.

En 1934 se embarcó en una tormentosa relación con Evguenia Souline, una enfermera rusa que había cuidado de Troubridge en 1933. Durante una década, Hall mantuvo esta relación a dos bandas, en medio de una auténtica marea de sentimientos encontrados que iban del deseo físico por Souline, al sentimiento de culpa y al miedo de perder a Una, que se mantuvo fiel a la escritora a pesar de todo.

Por si quedaban dudas, cuando Una murió, a los 76 años, veinte más tarde que Hall, dejó instrucciones acerca de la inscripción que deseaba en su ataúd: “Una Vicenzo Troubridge. La amiga de Radclyffe Hall”.

https://inoutradio.com/desconocidas-fascinantes-radclyffe-hall-la-elegancia-de-la-ambiguedad-por-thais-morales/

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