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lunes, 14 de mayo de 2018

Winslow Homer, besando la luna.



Nació en Boston, Massachusetts, Estados Unidos,  el 24 de febrero de 1836. Pintor, paisajista y grabador autodidacta, inició su carrera como ilustrador de revistas en 1857.








Fue colaborador de forma asidua en la famosa Harper’s Weekly, ocupación que desempeñó durante casi 20 años.
Sus ilustraciones de la vida de Boston y la vida rural de Nueva Inglaterra para revistas como pictórica Ballou y Harper semanal alcanzaron una enorme popularidad.





Su madre era una acuarelista aficionada con gran talento y el primer maestro de Homer, que demostró su talento siendo sólo un niño. Junto a Thomas Eakins, está reconocido como uno de los mejores artistas del siglo XIX en Estados Unidos.




En 1859 abrió un estudio en la Décima Street Studio Building, en Nueva York. 
Su madre trató de recaudar fondos de la familia para enviarlo a Europa a completar su formación, pero Harper le envió al frente de batalla de la Guerra Civil (1861-1865), como cronista de guerra, donde realizó escenas de batallas y la vida de los soldados en el campo, tanto en los momentos de tranquilidad, como en los caóticos.




Tras la guerra, volvió a retomar su temática habitual, escenas de la infancia y de mujeres jóvenes, en las que se puede ver reflejada la nostalgia de otros tiempos más sencillos, tanto de su propia vida como de su país en general.
En 1863 acudió a la Academia Nacional de Diseño, en la que estudió un breve espacio de tiempo con Frédéric Rondel, que le enseñaría los conceptos fundamentales de la pintura.

Su obra, sobre todo sus grabados, están caracterizados por sus formas sencillas de contornos nítidos, marcado contraste en la luz y en las sombras y por figuras llenas de vida, característica que conservó en toda su pintura.

Besando la luna
 Kissing The Moon, 1904


Su primer gran óleo lo pintó tras una de las varias visitas que hizo al frente durante la Guerra Civil norteamericana, concretamente al frente de Virginia: “Los prisioneros del frente” en 1866, actualmente en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, obra de gran fuerza y realismo.Viajó por Francia en 1856, aunque no se dejó influir por el impresionismo, que en aquellos años triunfaba en Europa.



A partir de 1873 comenzó  a simultanear el óleo con la acuarela, llegando a realizar obras que recibieron una enorme aceptación tanto de crítica como de publico al igual que había logrado con sus óleos. Su temática más frecuente fueron escenas del ambiente rural, niños jugando o lugares conocidos por los que transitan elegantes mujeres, de entre estas, la más conocida es “Long Branch, Nueva Jersey” de 1869, albergado actualmente en el Museo de Bellas Artes de Boston.
De 1881 a 1882 viajó por Inglaterra, viaje que provocaría un cambio  definitivo en su pintura, a partir de ese momento en su temática, a su vuelta a Estados Unidos la mayor parte de su producción fueron escenas con el mar y los pescadores como protagonistas.

Se estableció de forma solitaria en Prout’s Neck, ciudad de la costa de Maine hasta su muerte, el 29 de Septiembre de 1910.
Además de las obras  ya reseñadas, pinto obras maestras del realismo, como: “Eight Bells” en 1886, escena que quiere representar la lucha del hombre con las fuerzas de la naturaleza.




Su temática grandiosa y su prolífico legado, han ejercido una poderosa influencia en el realismo norteamericano de las siguientes generaciones.



Winslow Homer: Maestro del naturalismo norteamericano


Su óleo “La corriente del Golfo” en la que podemos ver como un solitario marinero negro navega en una pequeña y destrozada barca, rodeado de tiburones e incomunicado en medio de un mar encrespado con fuerte oleaje, se puede contemplar en el Metropolitan de Nueva York.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Maestros del agua

Antoni Gelabert


Fitz Hugh Lane

Claude Monet
Winslow Homer



Iván Aivazovski

Mary Cassat

John Constable



Lluvia. Bosquejos y Dibujos de Vincent Van Gogh







Paul Signac

Emile Bernard 


 Edward Hopper

Benito Rebolledo

Vittorio Matteo Corcos

Vittorio Matteo Corcos

Joaquín Sorolla
Katsushika Hokusai



viernes, 15 de abril de 2016

A mares

Mar Báltico



Mar Cantábrico 

Mediterráneo

 Mar del Coral, Pacífico

 Azores, Atlántico

 Mar de Mármara, Turquía

domingo, 31 de julio de 2011

Jean Rhys



 El ancho mar de los Sargazos


Una de las novelas más geniales del siglo XX.
Antoinette Cosway busca crear un mundo propio, a medias entre los modales disting británica y las misteriosas vidas de los isleños jamaicanos. Un joven inglés se casa con ella, pero después del matrimonio empiezan a circular inquietantes rumores sobre el comportamiento de su esposa. A principios de 1940, Jean Rhys leyó por primera vez Jane Eyre, de Charlotte Brontë, y decidió rendirle su peculiar tributo imaginando ella también la historia de una mujer tentada por la locura. Fue así como nacieron las primeras páginas de El ancho mar de los Sargazos, la novela que por fin, ya en el año 1966, concedió a Rhys el aplauso unánime de la crítica y del público...Jean Rhys (1890-1978) tuvo una vida vertiginosa, viajó mucho por Europa y desempeñó los más variados empleos, de corista a extra cinematográfico. Tras cinco novelas publicadas, el éxito le llegó de forma tardía al publicar










viernes, 24 de junio de 2011

Nada es una interrogación…, viva, anhelante

Carmen Laforet

Principio de Nada


Por dificultades en el último momento para adquirir billetes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado, y no me esperaba nadie.
Era la primera vez que viajaba sola, pero no estaba asustada; por el contrario, me parecía una aventura agradable y excitante aquella profunda libertad en la noche. La sangre, después del viaje largo y cansado, me empezaba a circular en las piernas entumecidas y con una sonrisa de asombro miraba la gran Estación de Francia y los grupos que estaban esperando el expreso y los que llegábamos con tres horas de retraso.
El olor especial, el gran rumor de la gente, las luces siempre tristes, tenían para mí un gran encanto, ya que envolvía todas mis impresiones en la maravilla de haber llegado por fin a una ciudad grande, adorada en mis sueños por desconocida.
Empecé a seguir –una gota entre la corriente- el rumbo de la masa humana que, cargada de maletas, se volcaba en la salida. Mi equipaje era un maletón muy pesado  -porque estaba casi lleno de libros- y lo llevaba yo misma con toda la fuerza de mi juventud y de mi ansiosa expectación.
Un aire marino, pesado y fresco, entró en mis pulmones con la primera sensación confusa de la ciudad: una masa de casas dormidas, de establecimientos cerrados, de faroles como centinelas borrachos de soledad. Una respiración grande, dificultosa, venía con el cuchicheo de la madrugada. Muy cerca, a mi espalda, enfrente de las callejuelas misteriosas que conducen al Borne, sobre mi corazón excitado, estaba el mar.