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miércoles, 11 de abril de 2018

Reconstruyendo a Weil

A Face in Black and Ivory: Julia Haslett’s Encounter with Simone Weil


Una cara en negro y marfil: Encuentro de Julia Haslett con Simone Weil


de Stephanie Gehring (la traducción es mía):




Primero "conocí" a Simone Weil en la portada de Gravity and Grace. Sobre el título (que tenía letras rojas y delgadas como hechas con un lápiz), su nombre aparecía en un negro intenso, y encima, sobre un telón de fondo de marfil puro, una cara casi abstracta formada por sus sombras, estampada en negro: los labios, una un poco de sombra debajo de la nariz, las pestañas y un párpado inferior, los iris sólidos cada uno con una mancha de luz, el contorno de las gafas de cuerno redondo. Sin mentón, sin cejas; no tiene bordes en la cara, exactamente, y las manchas negras en el costado podrían ser pelo, o podrían no serlo.

"Dos formas de renunciar a las posesiones materiales", escribió ella:

Renunciar a ellos con miras a obtener alguna ventaja espiritual.

Concibirlos y sentirlos como propicios para el bienestar espiritual (por ejemplo, el hambre, la fatiga y la humillación nublan la mente y dificultan la meditación) y aún así renunciar a ellos.

Solo el segundo tipo de renuncia significa desnudez de espíritu.


Weil casi se abstrajo de su existencia mientras estaba viva (la imagen de la portada en blanco y negro es fiel a ella en esto, y sus anotaciones en el cuaderno, como las anteriores, evitan "yo" siempre que es posible). Dada esta abstracción, es sorprendente que a menudo provoquen una respuesta poderosamente personal en aquellos que encuentran sus palabras. "Me asusta muchísimo", dijo Stanley Hauerwas. "Esa inteligencia feroz junto con sus tendencias autodestructivas". Ella hace preguntas tan profundas y honestas;  es convincente. Y, sin embargo, no se le puede seguir, simplemente, y entonces es aterradora.


Weil fue vencida, por un lado, por el sufrimiento indescriptible que llena el mundo, y por el otro, por el encuentro con el amor y la ausencia de Dios, y el Dios que ella tenía en mente es el descrito por el catolicismo. Aquellos de nosotros cuya imaginación moral ha sido capturada por esta joven mujer parisina y judía acuden a sus palabras y a la historia de su vida, haciéndose muchas preguntas diferentes. La cineasta Julia Haslett pregunta: "¿Cómo voy a vivir en un mundo con tanto sufrimiento?" ...
Más específicamente, Haslett quiere saber, "¿Cómo vivo compasivamente en un mundo así, sin suicidarme? ¿Y por qué? "Esta no es una pregunta académica; una depresión debilitante corre en la familia de Haslett. Su padre se suicidó cuando era adolescente, y un capítulo de su película, Encuentro con Simone Weil, es una conversación con su hermano mayor, que también lucha contra la depresión suicida.


La película es la historia de una búsqueda extravagante, una búsqueda a vida o muerte de Simone Weil. Es una frase de Weil, "La atención es la forma más rara de generosidad", lo que primero sacude a Haslett. De alguna manera,  siente que, sólo debe llegar a un acuerdo con Weil y encontrará las respuestas a sus preguntas. No escatima esfuerzos: en los archivos de París,horas y horas de películas de las reuniones y protestas del Partido Comunista en las que Weil (aunque no fue una  afiliada, porque el partido no era lo suficientemente radical) podría haber estado presente. Visita al primo hermano de Weil, Raymonde Weil; su alumna Jeanne Duchamp; y Florence de Lussy, que compila Weil's Oeuvres Complètes en varios  volúmenes enormes. Haslett entrevista a su propio hermano, Timothy, así como a Anna Brown, una activista y profesora de ciencias políticas que ha sido moldeada profundamente por la vida y las ideas de Weil. Entrevista a la sobrina de Weil, Sylvie Weil, quien recientemente escribió su propio libro sobre su tía, y se dice que se parece a ella. Sylvie habla de haber crecido a la sombra de su tía, sintiéndose profundamente dividida entre su personalidad, que no se parecía en nada a la de Simone, y la imponente figura que su padre (el hermano de Weil, André, un eminente matemático) tan profundamente admiraba. "Realmente, quería ser Brigitte Bardot", dice riendo.



Sin embargo, después de todas sus entrevistas y lecturas y búsquedas de archivos, Haslett no puede sentir que Weil "responde". Como último recurso, coloca un anuncio en la ciudad de Nueva York para una actriz francófona cuyo trabajo será intentar encarnar a Weil. . Contrata a Soraya Broukhim, y le hace leer los escritos de Weil y coger brevemente un trabajo  en una fábrica (como lo hizo Weil durante un año, a pesar de sus migrañas aplastantes, manos anormalmente pequeñas y la torpeza física que provocó quemaduras y otras lesiones) . Luego, Haslett entrevista a Broukhim, que está sentado al otro lado de la mesa fumando, como lo habría hecho Weil. Pero tampoco esto  logra acercar a Haslett a Simone Weil, no  más de lo que lo hicieron las fotografías mudas.




Me sentí decididamente más alejada de Weil en las escenas con Brouhkim; incluso con el personaje no-Simone de Sylvie Weil (o el primo de Weil, Raymonde, en su aparición de una sola frase, erizado de aversión por Simone) me sentí más cerca de la mujer que Haslett estaba buscando. Cuando la cámara cortó a Haslett haciendo las preguntas a Broukhim, no era la cara de la actriz sino la de Haslett, elegante y marcada por el dolor y el cansancio, la que se parecía a Simone Weil, a quien conozco a través de fotografías y palabras. A pesar de los cigarrillos y el pelo negro y rizado, Broukhim parecía demasiado dañada para ser Weil. Weil apenas consintió en habitar su propio cuerpo;





¿Por qué iba a ser reconocible en la cara de una actriz? Esta mujer no sabe las respuestas a tus preguntas, quería decirle a la pantalla. Tú los conoces mucho mejor. Mi decepción se vio acrecentada por una instantánea sin palabras de Broukhim, que llevaba delineador de ojos ( Weil, según se informa, solo una vez en su vida lo había llevado, cuando la contrataron en la fábrica de Renault) y arrugaba la frente para simular el dolor de una migraña.


Otra escena con Broukhim encarna de forma sorprendente tanto la seriedad de la película como la forma en que se fundan sus búsquedas. A lo largo de la película, Haslett lee oraciones poderosas y resonantes del trabajo de Weil; la película valdría la pena solo por estas líneas elegidas con amor, que son evidencia convincente de que Haslett comenzó su búsqueda leyendo todo lo que escribió Weil. (También valdría la pena mirar  cualquiera de las muchas entrevistas, en las que Haslett claramente se ganó la confianza y la honestidad de sus entrevistados.) Pero de vuelta a la escena: Cerca del final de la película, sobre una hermosa foto de una piedra desnuda "habitación cerrada con la luz del sol inclinándose, Haslett dice:" Dos prisioneros cuyas células contiguas se comunican entre sí golpeando la pared. La pared es lo que los separa, pero también es su medio de comunicación. Es lo mismo con nosotros y Dios. Cada separación es un enlace. "Esto me pareció conmovedor, especialmente teniendo en cuenta la dificultad declarada de Haslett para identificarse con la dimensión espiritual en el pensamiento y la vida de Weil. Pero hay otro disparo en el mismo espacio, de Broukhim silenciosamente apoyando su frente contra la pared. Que este segundo golpe fuera tan profundamente erróneo, tan lejos de Weil, tenía que ver en parte con la sensación de escuchar a Weil que había tenido en la escena anterior.



Dada la lucha de la familia Haslett con el suicidio, veo cómo Weil le ha fallado a Haslett al proporcionar razones para mantenerse con vida, y parece totalmente correcto para Haslett (y otros) rechazar a Weil como un modelo a seguir, aunque valore su pensamiento. Sin embargo, hay un sentido en que las preguntas de Haslett finalmente terminan cuando   ella es capaz de ver en la vida y la muerte de Weil. La conclusión de que Weil fue autodestructiva y murió de auto inanición es exacta, pero incompleta. El médico forense inglés escribió en 1943 que "la difunta se mató  al negarse a comer cuando se perturbó el equilibrio de su mente". Sí, y las interpretaciones de la muerte de Weil como un acto de puro ascetismo espiritual heroico son incompletas; pero me parece que sus últimos meses se comprenden mejor como una continuación de los profundos conflictos con los que luchó durante toda su vida. Le resultaba conceptualmente imposible amar lo particular y, sin embargo, estaba irremediablemente enamorada de las bellezas específicas de este mundo y de la gente de su tierra natal. Su muerte por tuberculosis y hambre a los 34 años fue realmente causada, según ha escrito un biógrafo, por un corazón roto sobre la Francia ocupada.



La fuerza de la película está en la honestidad de Haslett, su negativa a pretender haber encontrado respuestas que no ha encontrado. Su valor es profundamente conmovedor. Mi decepción por el fracaso de su búsqueda para encontrar finalmente a una Simone Weil que pueda responder sus preguntas es una función de la capacidad de la película para hacer que me comprometa con su arco central. Haslett me hizo hacerle preguntas a ella; No me hubiera decepcionado si la película no me hubiera convencido al principio de que, contra todo pronóstico, iba a encontrar a Simone Weil.



Pero Weil es esquiva; sus escritos son en gran parte fragmentarios, y casi todos fueron publicados póstumamente. Incluso las personas que la conocieron lucharon para enfocarla, para verla como algo más que una colisión de formas en blanco y negro. Y como muchas de estas personas, Haslett pierde el equilibrio por las preguntas sin rodeos, espirituales que motivan el pensamiento de Weil. El final de la película se adapta a su tema. Weil era ella misma una buscadora feroz mucho más que una fuente de respuestas.




La leyenda dorada de Simone Weil




Le doy una y otra vez vuelta al asunto y no encuentro otra manera de decirlo: no hay, a lo largo de la primera mitad del siglo XX, personaje político-filosófico más excepcional que Simone Weil (1909–1943). He leído todo lo que podido sobre ella y ningún elogio de los muchos que la han colocado en el camino de la santidad, me parece vano. Comparto, al mismo tiempo, casi todas las críticas que suscitó su esquiva fama y aquellas traídas por ser materia, actualmente, de una aplastante hagiografía académica.
Que si estaba loca, como sentenció el general de Gaulle, que si le dio la espalda a su pueblo, el judío, en el momento más grave de su historia, pecado tanto más grave por provenir –esa brutal inconsecuencia ha sido subrayada por George Steiner– de una mujer ostentosa hasta el patetismo en su compromiso con los oprimidos. Que si se especializó  –niña mimada hasta el final– en hacer mal uso de las camas de los hospitales, como lo sugirió otro de sus críticos, Jean Améry, quitándole su lugar a los verdaderamente necesitados, como en Sitges en 1936, cuando su obstinación en ser miliciana anarcosindicalista de la República, provocó que se volcara una olla de aceite hirviendo sobre la pierna. O como en sus últimos días, cuando decidió –víctima o no de la “anorexia mística”– dejarse morir de hambre en un hospital de Ashford, Inglaterra. Al escoger ese suicidio creyó compartir las magras raciones que según ella se consumían en la Francia ocupada, a la cual ansiaba ser remitida como enfermera en el frente, tras haber cambiado el pacifismo de sus veinte años por el antihitlerismo de sus treinta. En ambas situaciones, por ejemplo, sus providentes padres estaban a su lado, habiéndola seguido por media Europa para que pudiese pensar y escribir sin que la dañase su ineptitud para la vida cotidiana. Pero esa inepta, me digo junto con todos los que la han leído a ella y a su evangelista Simone Pétrement (Vida de Simone Weil,  1973) pidió un permiso de un año para corroborar, trabajando en las  fábricas, que la naturaleza de la opresión obrera era aun peor de lo pensado por Marx y los comunistas. De eso, de la impropiedad del marxismo para explicarlo todo, ya estaba convencida Simone cuando Trotsky le gritó, durante la noche vieja de 1933, en uno de los pisos parisinos de los Weil, harto el antiguo jefe del Ejército Rojo de escuchar los cuestionamientos, individualistas y  sistemáticos, de una muchacha de veintiún años. 
En fin. Todo lo que Weil toca es excepcional, va a la raíz de aquel siglo. Se apartó del comunismo heterodoxo compartido con su querido Boris Souvarine al darse cuenta de que así como –Descartes dixit– un reloj funcionando incorrectamente no es una excepción a las leyes de la relojería sino un mecanismo diferente, la Unión Soviética y su régimen estalinista, eran un fenómeno no sólo nuevo sino siniestro. Después vino su deslumbramiento ante el catolicismo, convencida de que habiendo vivido “como esclava” (durante su costosa práctica de campo en las fábricas francesas) no le quedaba sino convertirse a “la religión de los esclavos”, bautismo que, famosamente, se frustró, pues Weil nunca acabó de convencerse de que la Iglesia romana estuviese lo suficientemente lejos de sus raíces judías. Sus años finales son, en verdad, los de su antisemitismo (piadosamente dejado en “antijudaísmo” por quienes la admiran) y también aquellos en que la filósofa educada en el kantismo de Alain se transformó en una mística de la familia de Santa Teresa; en una “exasperante santa”, como la llamado Javier Sicilia, el mejor de sus lectores mexicanos.
De principio a fin, a través de las Oeuvres (1999) editadas por Gallimard y preparadas durante años por su hermano, el topólogo algebraico André Weil o a través de los numerosos tomos sueltos publicados en español por Trotta, no hay nada para desperdiciar: sus trabajos escolares cuando era alumna de Alain en el Liceo Henri IV, el expediente completo de la vida fabril y su teoría sobre la opresión social que de ella se derivó, su refutación del marxismo y su impactante (por veloz y precisa) comprensión del totalitarismo soviético, el genial contraste entre el régimen nazi y el imperio romano nutrido de sus impresiones (ella sólo hablaba de lo que veía y por ello creyó ver, en buena clave mística, a Cristo) de viaje por Alemania en vísperas de las elecciones que llevaron a Hitler al poder, su decepción durante la Guerra Civil española que la llevaría a abandonar la izquierda militante y replantear por completo su visión del mundo, tal cual quedó prefigurada en su célebre carta de 1938 a Georges Bernanos. Su teoría de la guerra, nutrida de una lectura fantástica (en varios sentidos de la palabra) de la Ilíada, los cuadernos, literarios y teológicos, que explican su coqueteo a la postre trágico con el catolicismo, su obra de mística.

Con su vida, hubiera sido suficiente para incluir a Weil como protagonista en la Leyenda dorada del siglo XX pero resulta, además, que no sólo asombran las dimensiones de su obra (artículos periodísticos, disertaciones académicas, cuadernos íntimos y ni un sólo libro publicado en vida) sino la  vibrante calidad del conjunto, incluso cuando incurre en la extravagancia y la aberración.  De ella puede decirse como de Wittgenstein –es Hugo Hiriart quien me lo comentó de esa forma– que no escribió una sola página ajena a lo extraordinario.

La discípula de Alain

Quien lea la Vida de Simone Weil (1973), de Simone Pétrement encontrará casi todas las piezas con las que se ha ido construyendo el personaje póstumo de Simone Weil. La tarea no es difícil, Simone misma, su familia, sus pocos amigos, sus arrobados alumnos, sabían que estaban ante un ser de excepción. Por ello, a su biógrafa (y una de sus mejores amigas, no lo olvidemos) no le cuesta mucho decirlo: muy pronto, de niña y nada menos que en Chartres, una vieja sirvienta de los Weil, afirmó, quién sabe a cuenta de qué: “Simone es una santa”. La aureola de santidad se intensifica con la nutrida información divulgada sobre la infancia de una niña hiperactiva educada amorosamente por unos padres laicos, dialogantes, cultísimos, al día en la modernidad pedagógica y judíos integrados, liberales y agnósticos que hicieron –si ello se puede decir– de Simone lo que fue y un genio de las matemáticas de su hermano André.

La angustiante emulación de André, a sus propios ojos frustrada, a la que Simone se sometió ha alimentado las teorías psicoanalíticas sobre su personalidad, mientras que aquellos a quienes les interesa más su misticismo o su tránsito revolucionario, insisten en que desde pequeña mostró una insólita compasión por los oprimidos. Vivió consumida por la compasión pero Steiner se pregunta si esta filósofa del amor amó alguna vez. Leyendo a su biógrafa, yo agregaría, se hace evidente que, al menos, nunca se enamoró de una persona.

Cultivó, qué duda cabe, un desprecio por su cuerpo que torna lógica su manera de morir, anoréxica: se alimentaba escasamente, era indiferente a la ropa femenina lo mismo que al aseo personal hasta provocar el rechazo terminante de sus anfitriones y, además, los dioses la maldijeron (o la probaron, según se vea) con unas migrañas espantosas. Lo de “virgen roja”, el apodo que le puso  uno de sus profesores y que Alain festejaba y repetía con cariño un poco chismoso, se refería, desde luego, a su pasión militante, enfebrecida como vivía por los mítines, las discusiones políticas, la grilla sindical, los madrugones a puerta de fábrica para el reparto de octavillas. Todo ello era manifiesto antes de la decisión que cambió su vida, la de dedicar un año a vivir trabajando como obrera. Pero el apodo también tenía la connotación de virginidad sexual (es probable que Weil haya muerto, en efecto, virgen), a ese aspecto de monja que le repelió hasta a la propia Simone de Beauvoir, tan jansenista ella misma. Desde niña, Weil aborrecía el contacto físico junto con los microbios (ese horror inexistente antes del doctor Pasteur y las generaciones que su legado educó) reaccionaba con espanto ante la posibilidad de la relación física con los hombres (y rompió con un querido amigo tras un episodio, equívoco en ese sentido, en una fiesta) y su madre, Selma Weil, confesó años después, que Simone pertenecía a esa clase de mujeres que entre la muerte y la violación, habría preferido morir. 

Carecía de todo  sentido de humor y no podía tenerlo de ninguna manera, según  lo apuntó, categórico, Cioran, uno de quienes más hondamente han penetrado en su carácter. Pero en cambio –virtudes hagiográficas– le gustaba cantar, en momentos de euforia, cuenta la Pétrement, se permitía algún abrazo, siempre con amigas. Le daban mucha curiosidad las prostitutas y como suele ocurrirle a ciertas universitarias noctámbulas, las incomodaba, a las putas, con preguntas a medias sociológicas, a medias hechas con ánimo de redención.

Y sin embargo, Weil, este ser excepcional, nueva Juana de Arco, fue más hija de su época que muchos otros hombres y mujeres en apariencia más representativos. Fue una obra maestra de la III República y cuando los franceses la presentan como “la discípula de Alain” quienes no lo somos entendemos sólo parcialmente el significado de esa presentación emotiva, y equivalente a señalar que se es discípulo de un Sócrates, el Sócrates republicano, laico y pacifista de la Francia de entreguerras.

Fue Alain (nombre de pluma de Émile Chartier, 1868–1951) algo más que un profesor de filosofía, el alma de una República criticada, precisamente, por haber sido una “república de profesores” (Thibaudet) y responsable de haber educado a un número significativo (y agradecido) de franceses eminentes. Su gloria (enfrentada a la de su rival filosófico Henri Bergson, el ídolo secreto de muchos católicos y el gurú de todo irracionalista) emanó de su decisión, a los 46 años, de enrolarse en el ejército, como soldado raso, para participar en la Gran Guerra de 1914 y dejar testimonio de aquel horror. En el gesto de Weil –entrar a las fábricas en 1935 como asalariada– haya influido la emulación de su maestro. Él escribió el gran libro contra la servidumbre militar (Mars ou la Guerre jugée, 1921) y ella, las páginas más persuasivas que se hubieran escrito hasta entonces sobre la esclavitud industrial, del cual saldrían sus Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión social, escrito en 1935.

Ambos, en estilos que se repelen, fueron, al mismo tiempo, grandes escritores y filósofos decisivos. Él, el maestro nunca superado de la reflexión filosófica pública, a la vez exquisita y didáctica, que viene de la cátedra, evade toda jerga y aspira a la felicidad de sus lectores. Sus Propos, artículos breves inspirados en la actualidad y a partir de ésta transformados en temas universales, hicieron época, sobre todo entre 1921 y 1935. Ella, en cambio, hizo de un género propio del marxismo, “el material político” destinado a discutirse entre militantes y del ensayo ideológico publicado en la prensa sectaria, una obra de arte. Alain fue el maestro de la izquierda que se reconocía en la Revolución francesa y sus repúblicas hasta que su intolerante pacifismo se volvió, a mediados de los años treinta, incompatible con el antifascismo. Simone, fallida miliciana anarcosindicalista en la Guerra Civil española y luego partidaria de la guerra contra Hitler, no se hundió con él en ese atolladero. En buena medida, la alumna superó a su maestro.


miércoles, 2 de abril de 2014

Cuestionario básico

Cierta Distancia


miércoles, abril 02, 2014


Déborah Puig-Pey Stiefel - Cuestionario básico


1.- ¿Por qué escribes?

Por que mi pensamiento escribe.

2.- ¿Cuáles son tus costumbres, preferencias, supersticiones o manías a la hora de escribir?

A pesar del ejercicio de disciplina que supone escribir, creo en un trabajo paralelo, hecho previamente,
semiconsciente, que está presente en la actividad literaria. Muchas veces el guión previo será sólo
una excusa para ir encontrando ese otro camino que jamás descubriremos del todo, ni siquiera al finalizar la obra.

3.- ¿Cuáles dirías que son tus preocupaciones temáticas?

Si te refieres a  los temas que más me ocupan: la memoria, las  vidas cruzadas, el juego de las apariencias...

4.- ¿Algún  principio o consejo que tengas muy presente a la hora de escribir?

No preguntarme porqué lo estoy haciendo.

5.- ¿Eres de las que se deja llevar por la historia o de las que lo tienen todo planificado desde el 
principio?

Contesté un poco a eso en la primera pregunta. Lucho entre ambas cosas.

6.- ¿Cuáles son tus autores o libros de cabecera?

Ya son demasiados, no sabría priorizar. Borges me enseñó a tejer, Dickinson a desafíar, por ejemplo.

7.- ¿Podrías hablarnos de tu último proyecto? Bien lo último que hayas publicado o lo último 
que hayas escrito o estés escribiendo.

Les musiques de Brundibar, una novela ambientada en los años 30, entre Berlín y Sitges, que busca el 
parentesco entre los totalitarismos europeos del siglo XX a través de una trama algo disparatada, carnavalesca. 


Déborah Puig-Pey, es autora de relatos y novelista. En 2005 fue finalista del Max Aub con el relato
 “Mordechai”. En 2010 publicó la novelaDonde hay nilad (Editorial Menoscuarto), donde dibuja las relaciones
de una saga catalano-filipina: "Una topografía de la memoria, aunque sea una memoria prestada o escuchada,
esas casas y paisajes que componen la errática historia familiar" (Isabel Núñez). Acaba de publicar el cuento
infantil Nusus(TransBook)

viernes, 4 de octubre de 2013

ENTREVISTA CAPOTIANA

ESCRITURAS Y VIVENCIAS LITERARIAS DE TONI MONTESINOS
VIERNES, 4 DE OCTUBRE DE 2013

Entrevista capotiana a Déborah Puig-Pey





En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Déborah Puig-Pey.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
El lugar que no he sabido encontrar, el que me correspondiera. Uno imaginario ¿eh?, sin consecuencias irreversibles.
¿Prefiere los animales a la gente?
No, en principio no. Tal vez para comer, si me apuran.
¿Es usted cruel?
La crueldad es un misterio, jamás la he entendido. Para mí su existencia en el mundo es: o bien motivo de depresión mayor, y escepticismo absoluto respecto al ser humano, o bien objeto primordial de investigación de las ciencias humanas, algo parecido a lo que sería buscar al diablo para un exorcista. Hasta ahora sólo he visto verdadero interés en tal búsqueda en Freud y en Sade.
¿Tiene muchos amigos?
Depende de lo que quiera decir “muchos”, pero creo que en amistad he tenido el privilegio de gozar calidad y cantidad. Sin la intervención de mis amigos estaría muerta.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Ninguna, nada.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No. Nunca me ha decepcionado un amigo.
¿Es usted una persona sincera?
En general, sí. No puedo evitar la transmisión de mis autoengaños, en ese sentido, si dijera toda la verdad sería una especie de Dios.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Me gustaría encontrar alguna actividad que realmente me concediera tiempo libre de tiempo.
¿Qué le da más miedo?
No hacerme comprender, sentirme abandonada o incomunicada.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La crueldad, como he dado a entender antes, me deprime, pero me enerva que lleve en sí un discurso: es la base de la injusticia social. Entiendo por crueldad el ejercicio junto a la gustosa connivencia con una prolongación innecesaria del sufrimiento.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Bailar.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Bailar, o cansarme.
¿Sabe cocinar?
Un poco, mis antepasadas eran grandes cocineras, no les llego a la suela de la zapatilla.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A alguno de los muchos olvidados.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Quizá la palabra “palabra”, pero no estoy segura de que la esperanza haya tenido siempre el mismo sentido.
¿Y la más peligrosa?
“Necesito”.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Supongo que sí, la imaginación sirve también para ese tipo de delitos hipotéticos.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Me importan los desfavorecidos.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Hada.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Fumar, fumar y fumar.
¿Y sus virtudes?
Mi nivel de tolerancia de los vicios ajenos es muy alto.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
¿Toda mi vida muy rápidamente? ¿Peces?
T. M


jueves, 21 de abril de 2011

Entrevista en "Anika entre libros"

Entrevista a Déborah Puig-Pey por "Donde hay nilad" (2011)


"A veces las novelas de un mismo autor son la misma contada de distintas maneras"
Firma: Ariodante Handeliana / Fotos: Anika Lillo / Foto B/N: autora / Abril 2011

Déborah Puig-Pey (Barcelona, 1960) es licenciada en Geografía e Historia (especialidad de Antropología Cultural) por la Universidad de Barcelona. "Donde hay nilad" es su debut en la novela tras cultivar durante años la narrativa breve, con reconocimiento a varios trabajos en este género. Entre otros, su relato "Usura" ganó en 1999 el premio Miguel Delibes de Narrativa Breve-Aula de Lletres de Barcelona y en 2005 fue finalista del XIX Premio Max Aub de Cuentos con "Mordechai. Una interpretación de la muerte". Ha publicado en la colección Relatos de mujeres de la editorial Torremozas. Actualmente pertenece al comité de la editorial Nortesur. Hablamos con ella de su nuevo libro, "Donde hay nilad".

ENTREVISTA

Provienes del campo de la historia y la antropología, por tanto el mundo de las humanidades, lo que suele llevar a la literatura. ¿Qué te llevó a ti, concretamente, a escribir?
Escribo desde la infancia, en mi caso creo que fue al revés, que la literatura me había estimulado hacia el deseo de comprender lo humano. Ya de niña, había términos que me llamaban poderosamente la atención, por ejemplo los del parentesco, ese entramado lingüístico que otorga un papel relativo a cada cual dentro de un gran conjunto que es la familia, eso ya es materia antropólogica, sin saberlo yo, pero fue lo literario lo que dio hondura a esas preguntas, las hizo relatables.
 
¿Cuáles son tus autores de cabecera? ¿Algún libro en especial?
Borges, las Brontë, Emily Dickinson, hay demasiados, es muy difícil citar unos pocos.
 
¿Qué opinas de Rulfo, de Proust o de Virginia Woolf?
Los tres son grandes, Rulfo fue para mí una inspiración y creo que está presente su influencia en mi manera de pensar algo así como "la invisibilidad" que hay a nuestro alrededor. Proust es la fiebre, su lectura es que como ver con los ojos de un rey Midas que todo lo transforma en escritura. A Virginia Woolf la leí mucho durante la adolescencia, me impactó que una inteligencia fuera tan poética y mundana a la vez, y su lente de aumento sobre los detalles.
 
Tus textos son breves pero densos ¿Cómo explicas tu inclinación a la cortedad de los textos? ¿Prefieres la literatura breve también cuando la lees?
Ahora menos, pero durante mucho tiempo fue así. Mi preferencia hacia la síntesis tiene un fundamento en mi manera de pensar, pero también creo que ha sido descuidada a favor del análisis. Quizás me gusta lo denso, pero, bueno, La Regenta, por poner el primer ejemplo que me viene a la cabeza, es larga y densa. Ahora mis preferencias son más flexibles, veo que la variabilidad de lo literario es un valor literario.
 
Siempre he pensado que es mucho más difícil escribir un relato corto ¿Te resulta más sencillo un texto corto o largo?
Últimamente me enfrentó al largo, menos habitual en mí, más difícil. Pero no he renunciado a la síntesis, me fijo mucho en la narrativa del cine, me gustaría captar la "densidad" de contenido de lo que se llama una escena, no las imágenes, ni la jerarquía narrativa, más bien algo que viene de lo creativo de "montar" y "cortar", y poder usarla para escribir.
 
¿Personalmente has tenido o tienes alguna relación con Filipinas en tu biografía?
Sí, me crié con una persona nacida allí.
 
¿Qué partes de realidad hay en el fondo de tus personajes? ¿cómo los has construido?
Me dejé llevar por la lógica de la reconstrucción de la experiencia, y encontré literatura.
 
También se nota una influencia cinematográfica en tu texto ¿eres aficionada al cine o las alusiones fílmicas son puntuales?
¡Sí! Mi respuesta anterior contestaría también esta pregunta, las alusiones están en muchos sentidos, el cine también como presencia de fantasmas -influencia intangible, y memoria-, como parte de nuestro equipaje vital y como referencia histórica.
 
La alusión al nombre de Muir ¿es buscada o casual? ¿Qué influencia tuvo El fantasma y la señora Muir en tu novela?
Es absolutamente intencionada, pensé que esa novela era una de las que trataba el mismo "tema polisémico": amor, herencia y fantasmas.
 
La alusión a la deliciosa y onírica película Jenny, de Dieterle, está en la misma línea: ¿Comunicación entre dos mundos, el fantasma de Felicitas regresando del pasado?
Sí, en la misma línea. Además Felicitas lleva el nombre de un absoluto inasible: la felicidad.
 
Déborah es el nombre de una luchadora bíblica, la única mujer juez hebraica, y Judith también es otra mujer fuerte... Sospecho que el personaje de Judith tiene algo de ti -y no precisamente por su procedencia bíblica- ¿es así?
Soy incapaz de negarlo, sospechas muy bien.
 
La novela es como una píldora concentrada, un bombardeo de ideas y alusiones, ¿no te planteas desarrollarla más largamente? Hay materia para mucho en ella.
Prefiero desarrollar en la que estoy ahora, creo que Donde hay nilad es como una ráfaga de la memoria. Tal vez más adelante, con todo lo que no supe decir la primera vez… A veces las novelas de un mismo autor son la misma contada de distintas maneras ¿no?.
 
Completamente de acuerdo. En fin, te deseamos desde aquí que tengas mucho éxito y que nos regales con más obras tuyas.



Reseña