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viernes, 3 de marzo de 2017

Vieja infancia



De La Infancia perdida (Graham Greene)

Tal vez solo en la infancia los libros ejercen una influencia profunda en nuestras vidas. En la vida posterior los admiramos, nos entretienen, podemos modificar criterios que ya sustentamos, pero es más probable que encontremos en los libros únicamente una confirmación de lo que ya ocupa nuestra mente: como en una relación amorosa, son nuestros propios rasgos los que vemos reflejados halagadoramente.




Pero en la infancia todos los libros son textos de adivinación que nos hablan del futuro y, al igual que la pitonisa que ve en las cartas un largo viaje o una muerte en el agua, influyen en nuestro futuro. Supongo que es por eso que los libros nos excitaban tanto. ¿Qué extraemos hoy de la lectura que pueda equipararse a la emoción y la revelación de aquellos catorce años primeros? Por supuesto que me interesaría la noticia de que esta primavera iba a aparecer una nueva novela de E. M. Forster, pero nunca podría comparar esta suave expectación de placer civilizado con el paro cardíaco, el júbilo horrorizado que sentía cuando encontraba en el anaquel de una biblioteca una novela de Rider Haggard, Percy Westerman, Captain Brereton o Stanley Weyman que todavía no había leído. No, es en aquellos años tempranos donde yo buscaría la crisis, el momento en que la vida cobró un nuevo sesgo en su itinerario hacia la muerte.



Recuerdo claramente la celeridad con que una llave giró en una cerradura y descubrí que sabía leer, no solo las frases en un catón con las sílabas acopladas como vagones de tren, sino un libro de verdad. Tenía una portada con el dibujo de un chico atado y amordazado, colgando del extremo de una cuerda en el interior de un pozo con el agua más arriba de la cintura: una aventura de Dixon Brett, detective. Gaurdé mi secreto durante unas largas vacaciones de verano, según creí: no quería que nadie supiese que sabía leer. Supongo que semiconscientemente comprendí que aquél era el momento peligroso. Estaba a salvo siempre que pudiera leer – las ruedas no habían comenzado a girar, pero ahora el futuro se alineaba en derredor, en múltiples estanterías a la espera de que el niño eligiera – la vida de un perito mercantil quizá, de un funcionario colonial, de un plantador en China, un trabajo estable en un banco, felicidad y desventura, a la postre una forma determinada de muerte, porque indudablemente escogemos nuestra muerte del mismo modo que elegimos nuestro trabajo. Se desprende de nuestros actos y nuestras evasiones, nuestros miedos y nuestros momentos de valor. Supongo que mi madre debió de descubrir mi secreto, porque a la vuelta a casa me regalaron para el tren otro libro de verdad, un ejemplar de Isla de coral de Ballantyne, con una sola ilustración que contemplar, un frontispicio de colores. Pero yo no me delaté. Durante el largo viaje miré la única estampa y no abrí para nada el libro.



Pero en los anaqueles de casa (muchísimos, porque éramos una familia numerosa) me esperaban los libros, uno en concreto, aunque antes de cogerlo me permití elegir al azar. Cada uno era un cristal donde el niño soñaba que veía la vida en movimiento. 
Allí, con una cubierta espectacularmente pintada de varios colores, estaba El aeroplano pirata del Captain Wilson. Debo de haberlo leído seis veces por lo menos: la historia de una civilización perdida en el Sahara y de un malvado pirata yanqui con un aeroplano como una cometa y bombas del tamaño de una pelota de tenis que exige un rescate por la ciudad dorada. La salvaba el héroe, un joven suboficial que se introducía furtivamente en el campamento pirata para inutilizar el aeroplano. Le capturaban y veía a sus enemigos cavando su tumba. Iban a fusilarle al amanecer, y para matar el tiempo y eludir pensamientos ingratos el amable pirata yanqui jugaba a las cartas con él: el inocente juego infantil del Kuhn Kan. El recuerdo de aquella partida nocturna al borde de la muerte me persiguió durante años, hasta que por fin me deshice de él en una de mis novelas, con una partida de póquer jugada en circunstancias lejanamente similares.









miércoles, 28 de mayo de 2014

Third Man

Aunque desde el primer momento le propusieron escribir el guion de una película ambientada en la Viena de posguerra, con la firme presencia de las cuatro potencias ocupantes, Graham Greene optó por escribir la trama en forma de novela. Aquél era el único modo, aseguraba, de poder planificar el guion, el cual sería posteriormente elaborado por el propio novelista y por el productor, Alexander Korda. Greene siempre defendió que la versión de la película era mucho mejor que la del libro (incluido el final, que es distinto), lo cual no impidió que éste fuera editado de todas maneras y se convirtiera en un clásico.
El aporte de Orson Welles al conjunto de la película parece evidente. Welles, que tenía problemas con sus producciones en Hollywood, decidió dar el salto a Europa, donde dirigió y colaboró en varios proyectos, entre ellos éste film de Carol Reed. Su primera aparición en pantalla (el movimiento de una lámpara que muestra a Harry Lime ante la sorprendida cara de Cotten) ha sido considerada como la mejor presentación de un personaje en un filme. El plano secuencia del final y la escena de la persecución en los alcantarillados de Viena son igualmente memorables.
  • Fue rodada en London Film Studios (Shepperton, Inglaterra). Los exteriores se rodaron en Austria.
  • La música de Anton Karas, interpretada por él mismo en cítara, fue un éxito y llegó a los primeros lugares en 1950.
  • También es de destacar la fotografía en blanco y negro y los exteriores seleccionados, que muestran diversas facetas de la ciudad de Viena, como la Noria de Viena del Prater o las cloacas vienesas, marco de la famosa escena de la persecución final.


Guerra Fría, Viena, 1947. El norteamericano Holly Martins, un mediocre escritor de novelas del Oeste, llega a la capital austríaca cuando la ciudad está dividida en cuatro zonas ocupadas por los estados aliados de la Segunda Guerra Mundial. Holly va a visitar a Harry Lime, un amigo de la infancia que le ha prometido trabajo. Pero su llegada coincide con el entierro de Harry, que ha muerto atropellado por un coche. El jefe de la policía militar británica le hace saber que su amigo estaba gravemente implicado en el mercado negro. Adaptación de la novela homónima de Graham Greene.
Os dejo con 115 capturas de ese maravilloso clásico de Carol Reed llamado “El tercer hombre” (1949), dotado de una fotografía espectacular, unas actuaciones muy correctas (Joseph Cotten, Alida Valli, Trevor Howard y Orson Welles) y un virtuosismo narrativo fuera de toda duda (atención a la importancia que se le da en la trama a un personaje -el inolvidable Harry Lime (Welles)- que no aparece hasta bien entrada la primera hora de metraje (no revelaré si es mediante un flashback o dentro de la misma historia), en un tratamiento similar al visto en “Laura” (1944) de Otto Preminger), que supone todo un descenso a las cloacas (en todos los sentidos) de la Viena de la posguerra. La sutil presentación del “maestro de ceremonias” (Welles), la implacable persecución por los alcantarillados o el majestuoso plano secuencia final ya forman parte del imaginario colectivo cinéfilo. 








EL TERCER HOMBRE / VIENA

domingo, 28 de octubre de 2012

No pequeños libros




184 páginas




218 páginas



Camus23.jpg

184 páginas



Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas

File:Alice par John Tenniel 25.png


192 páginas






veinticuatro horas en la vida de una mujer (11ª ed.)-stefan zweig-9788495359391

104 páginas







128 páginas






184 páginas







146 páginas 

  



en un balneario aleman-katherine mansfield-9788484286134 

160 páginas





el principito (pop-up)-antoine de saint-exupery-9788498382341


64 páginas






http://image.casadellibro.com/libros/0/el-mercader-de-venecia-9788420608938.jpg

160 páginas






la metamorfosis-franz kafka-9788420651361
128 páginas




                                    



200 páginas






142 páginas




                         

la sonata a kreutzer-lev tolstoi-9788420662008


144 páginas






la invencion de morel-adolfo bioy casares-9788420672731 


 128 páginas