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martes, 25 de septiembre de 2012

Z + O + O


Flush

Virginia Woolf

Flush es un cocker spaniel de orejas largas, cola ancha y unos "ojos atónitos color avellana". A los pocos meses de su nacimiento es regalado a la famosa poetisa Elizabeth Barrett. Flush se convertirá en su compañero inseparable y, posteriormente, en el cómplice de sus amoríos con el poeta Robert Browning, aunque primero debe superar la animadversión y celos que siente ante su afortunado rival...
Virginia Woolf relató la historia del perro de Elizabeth Barrett con rigor biográfico, recreando una época tan impresionante como la victoriana y consiguiendo una de las obras más deliciosas de la literatura contemporánea. Como señala Quentin Bell, Flush no es el producto específico de un amante de los perros, sino una narración construida a partir del esfuerzo de ver el mundo a través de la mente de un perro, un mundo dominado por los olores, las fidelidades y los deseos caninos.




Herman Melville
El amplio mar, la constante contemplación del horizonte en busca de la presa, la abigarrada tripulación del Pequod, ballenero comandado por un capitán tullido y obsesionado por su venganza... Surgiendo de la profundidad de las aguas, como un espectro, la encarnación del Mal: Moby Dick, la ballena blanca...
Herman Melville (1819-1891) creó la fábula de la ballena blanca hace un siglo y medio. Demonio del mar o símbolo de la belleza, Moby Dick es el personaje principal de una historia fascinante de aventuras, en las que se mezclan el bien y el mal.
Moby Dick, la novela que William Faulkner hubiera querido escribir, ha alcanzado el reconocimiento y el elogio constante que merece una construcción narrativa impecable. La lucha del capitán Ahab, su terrible obsesión y la mítica persecución de la enorme ballena han traspasado fronteras, consiguiendo así la indiscutible categoría de obra maestra de la literatura universal.
"Moby Dick es el paradigma novelístico de lo sublime: un logro fuera de lo común." Harold Bloom






Soy un gato

 Natsume Sōseki


«Soy un gato, aunque todavía no tengo nombre.» Así comienza la primera y más hilarante novela de Natsume Sōseki, una auténtica obra maestra de la literatura japonesa, que narra las aventuras de un desdeñoso felino que cohabita, de modo accidental, con un grupo de grotescos personajes, miembros todos ellos de la bienpensante clase media tokiota: el dispéptico profesor Kushami y su familia, teóricos dueños de la casa donde vive el gato; el mejor amigo del profesor, el charlatán e irritante Meitei; o el joven estudioso Kangetsu, que día sí, día no, intenta arreglárselas para conquistar a la hija de los vecinos. Escrita justo antes de su aclamada novela Botchan, Soy un gato es una sátira descarnada de la burguesía Meiji. Dotada de un ingenio a prueba de bombas y de un humor sardónico, recorre las peripecias de un voluble filósofo gatuno que no se cansa de hacer los comentarios más incisivos sobre la disparatada tropa de seres humanos con la que le ha tocado convivir.
«Soy un gato, aunque todavía no tengo nombre.» Así comienza la primera y más hilarante novela de Natsume Sōseki, una auténtica obra maestra de la literatura japonesa, que narra las aventuras de un desdeñoso felino que cohabita, de modo accidental, con un grupo de grotescos personajes, miembros todos ellos de la bienpensante clase media tokiota: el dispéptico profesor Kushami y su familia, teóricos dueños de la casa donde vive el gato; el mejor amigo del profesor, el charlatán e irritante Meitei; o el joven estudioso Kangetsu, que día sí, día no, intenta arreglárselas para conquistar a la hija de los vecinos. Escrita justo antes de su aclamada novela Botchan, Soy un gato es una sátira descarnada de la burguesía Meiji. Dotada de un ingenio a prueba de bombas y de un humor sardónico, recorre las peripecias de un voluble filósofo gatuno que no se cansa de hacer los comentarios más incisivos sobre la disparatada tropa de seres humanos con la que le ha tocado convivir.

Platero y yo

Juan Ramón Jiménez




Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto y se va al prado y acaricia tibiamente, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: ¿Platero?, y viene a mí con un trotecillo alegre, que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal...



Se considera una de las novelas más importantes del siglo XX. Ha sido traducida a quince idiomas y fue elegida entre las 100 mejores novelas en habla inglesa por la revista Time, además de ganar de forma retrospectiva el premio Hugo de literatura fantástica en 1996.

La obra ha sido adaptada en dos ocasiones. En 1954 se realizó una versión animada británica dirigida por Halas and Batchelor, y en 1999 se realizó una película para televisión con imagen real, dirigida por Joseph Stephenson.





El libro de la selva

Rudyard Kipling (Bombay1865 – Londres1936)
















Edgar Allan Poe
(Boston, 1809 - Baltimore, 1849)

el cuervo

jueves, 15 de diciembre de 2011

Alonso Quijano Bartleby







Para mi sola nació Don Quijote, y yo para él, él supo obrar y yo escribir, solos los dos somos para en uno”
La pluma

En estos tiempos en que la literatura ha encontrado tantas comodidades en servir al entretenimiento y la evasión, una relectura contemporánea del Quijote, novela de aventuras con todos los ingredientes de amenidad, humor, variedad e intriga, puede suscitar aún enigmas cruciales: me refiero a esa relación compleja, insatisfecha, de la literatura con la vida, de la obra y la vida, el hacer y el escribir.
Don Quijote es un hombre de acción, dispuesto a vivir lo que sólo andaba en libros e imaginaciones. Un maximalista de los principios que lo cautivaron, rebelde frente a su inutilidad e inercia, tanto más cuanto en su tiempo ya no gozaban del mismo fundamento: quiero decir, una especie de romántico que se lamenta del honor perdido y presta a esta causa su cuerpo vivo y su razón:

Tuvo a todo el mundo en poco;
fue el espantajo y el coco
del mundo, en tal coyuntura,
que acreditó su ventura
morir cuerdo y vivir loco

Imaginemos que la obra y la vida mantienen siempre ese pulso; no es otro que el de la vida y la muerte, cuyos grados de imbricación con la realidad y la acción se mueven en una serie osmótica. De un polo a su contrario, desplegando todas las gradaciones, en el extremo opuesto al Quijote está Bartleby, el escribiente, la renuncia a ambas instancias: las Cartas Muertas, el no va más de la negación de lo escrito y de lo vivido.
Pero ¿acaso son tan distintos?
En absoluto:
A veces, el pálido funcionario saca de las dobleces del papel un anillo –el dedo al que iba destinado, tal vez ya se corrompe en la tumba-; un billete de Banco remitido en urgente caridad a quien ya no come, ni puede ya sentir hambre, perdón para quienes murieron desesperados; esperanza para los que sin esperanza murieron…
¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!

Esta humanidad pálida (como Quijote, como Bartleby) que se retrata de modos contrapuestos formula el continuum que la vida a secas no puede proporcionar: es la literatura la que se vive en el plano completo, más allá de sus servidumbres a la realidad, prefigura y concluye, recorre y significa, mezcla en una composición cada vez única a vivos y muertos, flores y cadáveres, cuyo olor se invoca simultáneamente no siendo más que pura letra.
Dice Borges que Bartleby es el antecedente de Kafka, y añade:
Su desconcertante protagonista, es un hombre oscuro que se niega tenazmente a la acción. El autor no lo explica, pero nuestra imaginación lo acepta inmediatamente y no sin mucha lástima. En realidad son dos los protagonistas: el obstinado Bartleby y el narrador que se resigna a su obstinación y acaba por encariñarse con él.
La hiperactividad de Quijote y la vida animada de su pluma, la inacción de Bartleby y el protagonismo de su narrador, son los vértices del enigma literario que nos sobrevive. Por eso no hay contradicción verdadera en el hecho de que el Quijote acabe prefiriendo colgar la pluma y condenando a todo aquel que la resucite: sabemos que ocurrirá todo lo contrario, y que detrás de esa condena hay una futura incitación.
Cervantes inauguró la novela moderna, Melville la reinauguró. Y en eso estamos: siempre al principio. La muerte escrita tiene sus propias leyes.


Déborah Puig-Pey
Publicado en la revista Imaginando, hoy desaparecida.