jueves, 22 de mayo de 2014

El túnel

A Julius lo salvó el cine.


María Gräfin ayudó a escapar a varias decenas de judíos, fue una gran conspiradora.

Con la ayuda de antifascistas españoles, del Círculo de Kreisau y de la resistencia alemana, entre cuyos miembros había incluso personajes de la inteligencia militar, Julius consiguió un pasaporte tan fuera de sospecha como su excelente español, y María Gräfin lo metió –literalmente- en uno de los rodajes de Bavaria, como extra, bajo las órdenes de Kurt Bernhardt, con un guión basado en una novela “best-seller” de principios del siglo XX, escrita por Bernhard Kellermann, considerada un augurio de la Gran Guerra al tiempo que un mensaje de progreso tecnológico para la humanidad: Der Tunnel, un túnel transatlántico de ciencia-ficción entre Europa y América, que se construía fervientemente, como el “puente sobre el río Kwai”, pero sin chicos silbando, y con premoniciones sobre la huida posterior a los E.E.U.U del director de la película y del curso que iban a tomar más tarde los ríos de la guerra y la paz. Además, el villano de la película era un potentado eslavo, a la vez que mecenas del ingeniero y genial protagonista… Ésta era la segunda versión basada en la novela. La primera presagiaba la primera guerra mundial, la segunda…, pues eso, la segunda. Dos años después, se rodó una prestigiosa versión inglesa, en en la que el novelista aparecía como personaje, y desde entonces se han hecho infinidad de plagios.
Así fue como Julius pudo ir y venir, de rodaje en rodaje, sin delatar su verdadera identidad, durante más de dos meses, pisando Berlín, pateándose Geiselgasteig y Grünwald en Múnich, hasta que aterrizó en Barcelona, sin la menor huella de zarpazo...


Aparece en las exuberantes escenas de construcción del túnel, con otros jóvenes, cargando sacos para detener una cascada de agua inoportuna, hombres y hombros mojados que desprenden un fuerte esteticismo erótico. Y en escenas magníficas, como cuando la “tripulación” constructora aclama al ingeniero dentro de una gran habitación con estructuras de hierro, obreros sentados o trepando por ellas, colgando los pies de alguna dama desde las vigas férreas, gorras de plato, límpido blanco y negro, largas peroratas del genio comparables a las de cualquier caudillo de aquel entonces y de siempre.

Algunas veces, hay un túnel.


Las músicas de Brundibár (D.P.S.)







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