E. P. Thompson



Edward Palmer Thompson [1924-1993]



E. P. Thompson ha sido uno de los más grandes historiadores contemporáneos. Su obra se articula, por un lado, en torno de dos libros fundamentales, La formación de la clase obrera en Inglaterra (1963) y Costumbres en común (1991) y, por otro, a una serie de estudios de carácter complementario: Whigs and hunters (1975), Miseria de la teoría (1978), Tradición, revuelta y consciencia de clase (1984), William Morris (1955) y Witness against the Beast (1993). Eric Hobsbawm ha señalado que «tenía la capacidad de producir algo que era cualitativamente distinto de lo que escribimos los demás y que es imposible medir con la misma escala: llamémosle simplemente genio». Thompson llegó al público de habla castellana tarde y mal. La primera edición castellana de The Making of the Englis Working Class salió 14 años después de la original y en una penosa traducción. El desaguisado sólo se arregló en 1989, cuando la editorial Crítica, con un prólogo de Josep Fontana, publicó una excelente versión -más meritoria si se tiene en cuenta la riqueza literaria y las dificultades léxicas de la obra- de Elena Grau. En 1988, Alfons el Magnanim, de Valencia, publicaba su primer libro, la biografia de William Morris, de la que en 1976 había aparecido una edición revisada. Sobre E. P. Thompson, el mejor libro es el de Perry Anderson, Teoría política e historia: un debate con Edward Thompson, publicado en 1980, cuando ya se habían serenado las tormentas de los años sesenta, y que editó en España Siglo XXI en 1985. En la noche del 23 al 24 de febrero de 1956, exactamente cuando Edward P. Thompson cumplía 32 años, Nikita Jruschov leía ante un asombrado XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética un informe secreto en el que denunciaba los crímenes de Stalin. Pocos meses después, el informe dejaba de ser secreto, y a la vez que asestaba un golpe irreparable al prestigio de la URSS, en Occidente despertaba esperanzas que luego se revelarían ilusorias en el Este: el Octubre Polaco y la revolución húngara fueron sus frutos. En la honda producida por estos acontecimientos, el Partido Comunista Británico perdió 10.000 afiliados, su Grupo de Historiadores se disolvió y E. P. Thompson (i pi, como le llamaban de niño para distinguirlo de su padre, un antiguo ministro metodista y misionero en la India) comenzó a razonar. Porque si creemos su confesión, antes de los 33 años, Thompson, más que razonar, abrazaba las causas que le parecían obligadas: por eso ingresó en el Partido Comunista cuando estudiaba en Cambridge, por eso luchó en África e Italia contra los nazis, por eso fue un activo militante comunista después de la guerra. Pero 1956 fue un despertar e, inmediatamente, una obsesión, porque en ese año, mientras los soviéticos entraban en Budapest, sus camaradas británicos le prohibían seguir con una revista animada por él y titulada precisamente The Reasoner. Se explica que desde entonces, y a pesar de sus grandes esfuerzos, jamás logrará sacudirse el hábito de pensar. Lo hizo apasionadamente. En primer lugar, defendiendo la tradición marxista, de la que se consideraba heredero y a la que no quería en modo alguno renunciar. Disidente, pero no renegado, como explicaría a Leszek Kolakowski, Thompson quiso mostrar con su trabajo que frente a un marxismo de cierre, de clausura, existía dentro de la misma tradición, un marxismo crítico, abierto. A ese propósito obedece su gran obra de 1963, The making of the english working class, que habría de sacudir las convenciones académicas adoptadas por la historia del movimiento obrero y que habría de enfrentarle en acalorados debates a sus colegas de la New Left Review, producto de la fusión de Universities and New Left y de su New Reasoner, con el que desafió a sus censores del Partido Comunista. Pues con The Marking, Thompson no sólo asestaba duros golpes al marxismo de cierre, sino que colocaba potentes bombas de relojería bajo el marxismo sin más. Su célebre frase “la clase no es una cosa, es un acontecimiento” (a class is not a thing, it is a happening) liquidaba la visión determinista y, por lo mismo, teleológica, de la aparición y de la existencia de la clase obrera como producto de un modo de producción y como sujeto histórico de su abolición. La clase obrera inglesa se formó en la experiencia de lucha contra la explotación porque artesanos utópicos, tejedores deshauciados por las máquinas, tundidores y calceteros, cuyos rostros recuperaban en un bellísimo y libérrimo ejercicio del oficio de historiador, se encontraron en determinados lugares, procedentes de diversas tradiciones de disentimiento. Su historia era, ante todo, el estudio del sentido que los propios actores incorporaban a su acción y no la comprobación empírica de un metarrelato teórico. Lo que quería decir, en definitiva, que por el entramado de la obra de Thompson respiraba Weber, aunque el aliento viniera de Marx; que había en ella más superestructura cultural que base económica, más contenidos de tradición y de conciencia que determinantes infraestructurales, más sujetos que objetos. Hoy, eso puede parecer hasta obligado y, en todo caso, es algo adquirido, pero por el tiempo en que Thompson escribió su obra, la acusación de culturalista, populista y empirista, procedente de medios marxistas británicos, no se hizo esperar, abriendo un debate que se prolongó durante años y que le alejó, disidente otra vez, de sus colegas de la New Left. En ese debate, un torpedo fenomenal, The peculiarities of the english (1965), lanzado contra los veloces navíos de Perry Anderson y Tom Nairn, le distanció todavía más, no ya del marxismo como cierre, sino de cualquier interpretación específicamente marxista. Sus sarcasmos contra una concepción de la clase social “vestida con imageniería antropornórfica”, una clase con todos los atributos de la identidad personal, con volición, fines conscientes y cualidades morales, una clase que hoy pacta con uno, mañana con otro, socavaban la práctica dominante entre marxistas en uno de sus núcleos centrales: explicar el proceso histórico a base de clases sociales como sujetos que desean, se proponen fines, son depositarias de misiones históricas y manejan desde lugares inaccesibles todos los hilos de la trama. Cuando la muerte le ha visitado, Thompson había vuelto a su oficio original. Su Customs in common (1992) recoge algunos de sus espléndidos trabajos sobre el siglo XVIII y había acabado ya la biografía de William Blake. Por mi parte, no dudo en sumarme al reciente tributo de Christopher Hill: fue el más grande -y añadiría: por ser el más libre- de los historiadores de lengua inglesa de la segunda mitad del siglo XX.

[Santos JULIÁ. “Disidente, pero nunca renegado”, in El País, 7 de septiembre de 1993]

La consciencia de clase 
Edward Palmer Thompson

Más allá de las discusiones que han decidido dividir, o multiplicar, las escuelas historiográficas marxistas, E.P. Thompson fue un modelo de vigor metodista, un buen pedazo de la historia de Inglaterra en sí mismo y un excelente investigador de las zonas más oscurecidas de su sociedad, zonas que estaban vivas, respirando, pero que debían resucitar, como si hubieran muerto, a la luz de los tratados y los documentos que él escribió.
Siempre conviene tener a mano un historiador que resucite, que nos haga levantar y caminar. Para Thompson, esos muertos aparentes supieron formarse una conciencia, no como la del "Lázaro" coactivamente animado por un milagro, sino enraizada en el mismo seno que los alimentó, la cultura, la vida, la guerra, el trabajo, la fuerza. 
Sea eso la conciencia o no, para leerle y aprehenderle, no hace falta decidirlo enseguida:
  
1. La cultura radical 
La década de 1820 parece extrañamente tranquila, comparada con los años radicales que la precedieron y los años cartistas que la siguieron: una meseta de paz social ligeramente próspera. Pero muchos años después un vendedor ambulante de Londres advertía a Mayhew: 
La gente se imagina que cuando todo está tranquilo, todo está paralizado. Así y todo se sigue haciendo propaganda. Cuando todo está tranquilo germinan las semillas. Los Republicanos y los Socialistas están inculcando sus doctrinas.
Esos tranquilos años fueron los años de la lucha de Richard Carlile a favor de la libertad de prensa; de la creciente fuerza de las trade unions y de la revocación de las Combination Acts; del desarrollo del libre pensamiento, de la experimentación cooperativa y de la teoría owenita. 
Son años en que tanto los individuos como los grupos intentaron teorizar las experiencias gemelas que hemos descrito: la experiencia de la Revolución industrial, y la experiencia del radicalismo popular insurgente y derrotado. Y hacia el final de la década, cuando se produjo el punto álgido de la lucha entre la Vieja Corrupción y la Reforma, se puede hablar de una forma nueva por lo que se refiere a la consciencia de la población obrera en cuanto a sus intereses y su condición como clase. 
En cierto modo podemos describir el radicalismo popular de esos años como una cultura intelectual. La consciencia articulada del autodidacta era, por encima de todo, una conciencia política. Porque la primera mitad del siglo XIX, cuando la educación formal de una gran parte de la población suponía poco más que el 
aprendizaje de las cuatro reglas, de ningún modo fue un período de atrofia intelectual. Las ciudades e incluso los pueblos bullían con la energía desplegada por los autodidactas. Una vez aprendidas las técnicas elementales de la lectura y la escritura, los peones, artesanos, tenderos, oficinistas y maestros de escuela procedían a instruirse, ya fuese individualmente o en grupos. Y muy a menudo los libros y los profesores eran los que la opinión reformadora aprobaba. Un zapatero que hubiese aprendido a leer en el Antiguo Testamento avanzaría penosamente leyendo La edad de la razón; un maestro de escuela cuya educación alcanzase poco más allá de las homilías respetables, intentaría leer a Voltaire, Gibbon, Ricardo; aquí y allá los líderes radicales locales, tejedores, libreros, sastres, acumularían estantes llenos de periódicos radicales y aprenderían cómo manejar los Blue Books parlamentarios; los trabajadores analfabetos irían, sin embargo, cada semana a una taberna en la que se leyese en voz alta y se discutiese el editorial de Cobbett. 

De este modo los obreros se formaron una imagen de la organización de la sociedad a partir de su propia experiencia y con la ayuda de su educación desigual y a duras penas conseguida, que era, sobre todo, una imagen política. Aprendieron a contemplar sus propias vidas como parte de una historia general del conflicto entre, por una parte, las “clases industriosas”, imprecisamente definidas, y por otra la Cámara de los Comunes no reformada. Desde 1830 hacia adelante maduró una conciencia de clase, en el sentido marxista tradicional, definida con mayor claridad, en la que la población obrera se responsabilizó de seguir adelante por sí misma con las viejas y las nuevas batallas. 

Es difícil hacer generalizaciones respecto de la difusión de la alfabetización en los primeros años del siglo. Las “clases industriosas” estaban en contacto, por un extremo, con el millón o más de analfabetos o personas cuya instrucción superaba en poco la aptitud para deletrear unas pocas palabras o para escribir sus nombres. En el otro extremo había hombres con una considerable formación intelectual. El analfabetismo (deberíamos recordarlo) de ningún modo excluye a los hombres del discurso político. En la Inglaterra de Mayhew los cantores de baladas y los “charlatanes” tenían todavía una ocupación floreciente, con sus farsas callejeras y sus parodias de esquina que variaban según el humor popular y daban un aire radical o antipapal a sus monólogos satíricos o recitados, según la situación del mercado.
El trabajador analfabeto podía caminar millas para escuchar a un orador radical, igual que el mismo hombre (u otro) podía andar para no perderse un sermón. En momentos de agitación política los analfabetos harían que sus compañeros de trabajo les leyesen en voz alta los periódicos; mientras que en los locales de reunión se leía el diario y en las reuniones políticas se dedicaba un tiempo enorme a leer discursos y a aprobar largas retahílas de resoluciones. El radical apasionado podía incluso atribuir una virtud de talismán a la posesión de obras predilectas que no podía leer por sí mismo. Un zapatero de Cheltenham que acudía puntualmente cada lunes a casa de W. E. Adams para que le leyese la “carta de Feargus”, era sin embargo el orgulloso poseedor de varios de los libros de Cobbett, que tenía guardados cuidadosamente en una caja forrada de piel.



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